INTELIGENCIA ARTIFICIAL EN ACCIÓN

El campeón ruso de ajedrez, Garry Kasparov, dijo que Deep Blue, prototipo de la inteligencia artificial (IP), que considera 200 millones de movimientos o más por segundo, no lo superaría en una competencia real.

Y que para una computadora es sencillo jugar un deslumbrante partido de ajedrez, pero sólo los humanos disfrutan del triunfo. ¿De dónde surge esta crisis de identidad del gran maestro, evidenciada en estas frases que rezuman petulancia? Todo nace de un temor básico, creo. ¿Qué tan humana puede llegar a ser una computadora? El pensamiento lógico –guardar, almacenar, memorizar— es ocupado actualmente por cerebros electrónicos que ya nos superan. Y los humanos, sin el raciocinio como coto sagrado deseamos saber si realmente existe un lugar para nosotros y nadie más, en donde estar.

La urgencia por defendernos del agravio de las máquinas hacia la naturaleza humana, brota de saber que un procesador puede realizar un número casi infinito de cálculos en un tiempo determinado, y nuestra única defensa es, como dijo Kasparov, que sólo los humanos podemos conocer, gozar y celebrar la experiencia de estar vivos.

Avivamos la duda de que un robot jamás podrá estar consciente de que algún día morirá, y lo que significa nacer, crecer, tener padres, criar hijos, sonreír, llorar y sentir dolor, celos, placer, sudor frío en las manos, enamorarse y desenamorarse. Los científicos dicen que “simularlo probablemente sí; pero vivirlo seguramente no”. Y eso nos tranquiliza porque esto a las máquinas les impide su ingreso a la cálida región de la empatía, reservada únicamente para los humanos. Pese a ello, ambicionamos que un día la frialdad y precisión de las máquinas se combine con la intuición y experiencia terrenal, en perfecta armonía. En la teleserie Viaje a las Estrellas, el copiloto de la nave Star Trek, propone a su comandante James Kirk, entregar el control maestro de navegación a una mega-computadora en un último intento por evitar el choque con una densa nube de meteoritos. Kirk se rehúsa a poner su astronave al arbitrio de una máquina; pero no hay alternativa, debe hacerlo. Finalmente, consiguen esquivar la nube de meteoritos gracias a la mega computadora. Al comandante Kirk, la súbita percepción de su propia vulnerabilidad lo incita a meditar sobre el poder de la navegación a vela en el siglo XIX, en la que el viento a favor y mirar las estrellas es lo único necesario. Esta abstracción sucede en el cuarto milenio, cuando el trabajo se efectúa por curiosidad científica y trascendencia humana.

Las leyes de Robótica del escritor de anticipación científica, Isaac Asimov, abarcan que la programación de robots está hecha para no dañar a ningún ser humano, y se presupone que estas máquinas no representarán peligro de rebelión. Pero no existe garantía real de que eso suceda todo el tiempo.

La esperanza humana se nutre de que los robots, al fin máquinas, son inmortales, y ello les impide su ingreso a la zona que los humanos guardamos como nuestro patrimonio más estimado: el misterioso y frágil ciclo de la vida: nacer, crecer, desarrollarse en familia, en sociedad, enfrentar las exigencias de la adultez… y la perspectiva de la muerte. En esto los robots jamás serán humanos. ¿Será?

¿Qué tan humana puede llegar a ser una computadora?

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