EL GENIO EXTRAÑO

Muchas personas tienden a creer que las enfermedades mentales se asocian con frecuencia a debilidad intelectual. A menos que se trate de alteraciones que afectan directamente las capacidades cognitivas superiores como el retraso mental y las demencias, esta creencia es falsa. Grandes pensadores y personas muy exitosas en sus áreas, desde novelistas geniales como Dostoievski y Hemingway, premios Nobel de Economía, como John Nash, y actores extraordinarios, como Robin Williams, padecieron de enfermedades mentales graves y han llegado a ocupar un lugar en la Historia.

De especial mención es el caso de Robert James Fischer, campeón mundial de ajedrez de 1972 a 1975. De talento precoz, se convirtió en Gran Maestro (el mayor título posible) a los 15 años y campeón de los Estados Unidos cuando aún era adolescente. En cierto sentido fue autodidacto y se dice que aprendió a jugar con las instrucciones de un set de juegos de mesa que le regaló su hermana cuando era niño. Bobby Fischer tuvo un temperamento difícil desde pequeño y su mente fue deteriorándose conforme avanzaba en edad. De personalidad excéntrica, con pensamiento paranoide y un actitud con múltiples y extremas contradicciones (judío y antisemita, norteamericano y antinorteamericano), su mente se volvió un caos…excepto para el ajedrez. El ajedrez era su parte sana, su conexión con el mundo y su instrumento de genialidad. Para algunos no es más que un entretenimiento pero es bastante más que eso. La profundidad de este juego-ciencia es insondable; el número de partidas posibles es mayor que la cantidad de electrones en el universo; y en niveles ya altos un solo error en el movimiento de un peón puede decidir una partida. En esta fascinante guerra de piezas hay muchas categorías de jugadores. La inmensa mayoría se queda a nivel de aficionado; muchos avanzan con el empeño y el estudio, cierto número llega a un nivel profesional y se dedican sólo a eso. Pero para llegar a ser de los mejores del mundo no sólo basta conocer a profundidad la teoría, jugar ocho horas diarias o saber de memoria partidas famosas, hay que tener un talento especial, innato. Y Bobby Fischer lo tuvo.
Tenía yo 10 años pero aún recuerdo el famoso campeonato mundial de 1972, entre Bobby Fischer y Boris Spassky, pues todos lo comentaban y era la noticia del día. Spassky era el campeón, un clásico descendiente de los campeones rusos, que habían mantenido la hegemonía en este deporte por décadas. Era plena Guerra Fría y más que un campeonato era una cuestión de honor y autoestima entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Spassky tenía toda la maquinaria de un equipo fuerte, incluso varios ex campeones y hasta un acondicionador físico. Fischer, en medio de una crisis de paranoia, llegó sólo con su mentor y un abogado. Los días que transcurrieron paralizaron al mundo. Perdió las dos primeras partidas, la primera en juego regular y la segunda por no presentarse. Después vino un desempeño formidable con el que aplastó al campeón ruso. Las partidas 6 y 7 son especialmente recordadas y tal vez las más vistas en el tiempo.

Bobby Fischer se retiró del ajedrez activo en la cúspide de su carrera, con sólo 29 años de edad. Se presume que fue su enfermedad mental la que condicionó esta situación. Terminó pasando de héroe a villano. Fue un enfermo mental pero también uno de los mayores genios del ajedrez de todos los tiempos.

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