SULTAN KHAN, DE SIRVIENTE EN LA INDIA A CAMPEÓN DE UN IMPERIO

La historia que van a leer es tan fascinante que podía haberla escrito Rudyard Kipling, el gran autor del Imperio Británico. Pero no lo hizo. Y es seguro que Kipling, siempre atento a las fabulaciones de lo exótico, tuvo noticias de la deslumbrante proeza del ajedrecista indio Sultan Khan, un personaje que parece sacado de las 'Mil y una noches', irrepetible en la historia del juego-ciencia por su misterioso talento y su grandeza. Kipling, eso sí, escribió 'El hombre que quiso ser rey' (Ed. Austral, 2016), una novela que nada tiene de ajedrez, salvo el título, en la que criticó los excesos del colonialismo, la inmoralidad de los métodos empleados por los colonizadores en la creencia de que eran superiores al resto de los pueblos conquistados. La aventura de Sultan Khan es un ejemplo de ello. Su relato de vida se construyó sobre unas condiciones de esclavitud y, a pesar de que alcanzó la gloria deportiva, nunca se le reconoció como lo que fue: un verdadero genio. La historia de Sultan Khan, les confieso, es la triste historia de un sirviente indio, pero es también la de un héroe que fue devorado por las fauces del olvido.

Bajo el llamado Raj británico, los ingleses dominaron la India desde 1858 hasta 1947. La zona era la joya de la corona y la emperatriz Victoria, reina de Inglaterra, la dama del tablero colonial, ejercía todo su poder e influencia. En ese contexto, Sultan Khan vino al mundo en 1905. A los nueve años, su padre, líder religioso del Punjab, le enseñó a jugar a la modalidad del ajedrez indio, una antigua variante que tiene notables diferencias con el ajedrez que hoy conocemos. Por ejemplo, los peones no pueden avanzar dos casillas desde su posición inicial y el rey no puede enrocar. Estas dos reglas (no son las únicas) cambian por completo la estrategia y el ritmo del juego clásico.

Sultan tuvo nueve hermanos, «todos jugadores avanzados», pero ninguno podía derrotarle. Y es que su habilidad mental era extraordinaria, también en otros ámbitos. Durante muchos años estuvo leyendo el Corán y no paró de hacerlo hasta que logró memorizarlo. Su vida tranquila y familiar cambió de golpe cuando las dinastías indias más importantes de la región organizaron en Delhi una competición nacional de ajedrez. Sultan Khan ganó el torneo con una facilidad pasmosa. El coronel musulmán Umar Hayat, asistente militar honorario del rey Jorge VI, llevaba un tiempo siguiendo la pista de aquel muchacho que ahora se proclamaba campeón de la India. Hayat no comprendía cuál era su secreto, pero tenía claro que se trataba de un prodigio, así que movió influencias hasta convertirlo en su sirviente. A partir de ese momento, el joven de aspecto famélico que jugaba al ajedrez con un turbante sería, a los efectos, su capricho y su propiedad.

El coronel contrató a un tutor particular para que le mostrara a Khan «las reglas inglesas del juego». La mayoría de los libros de ajedrez estaban escritos en inglés, pero Sultan Khan no sabía leer, no digamos hablar, en la lengua de Shakespeare. «Sultan Khan era un inculto», dijo de él Harry Golombek, fuerte jugador británico. La etiqueta es de brocha gorda y me parece injusta porque extiende la idea de que Khan era un «analfabeto» y, aunque en algunos documentos y recortes de prensa se evidencia su falta de dominio para comunicarse de forma fluida con el resto de jugadores, lo cierto es que hablaba en su lengua natal, el urdu. No dominar el inglés no lo convierte en un ignorante, como se ha descrito en innumerables crónicas.

En 1929, Umar Hayat viajó a Inglaterra para dar su punto de vista sobre la llamada «raza marcial», aquella que supuestamente debía tener un indio nativo para ser reclutado al servicio del Imperio Británico. Hayat se llevó con él a Sultan Khan como sirviente personal. El 27 de abril de ese mismo año, Sir John Simon, presidente de la Comisión India y gran amante del ajedrez («...un juego ideal para los políticos, ya que en él es imposible engañar»), presentó en sociedad a Sultan Khan en el prestigioso National Liberal Club. Ante un público expectante, Khan jugó cuatro veces seguidas contra el alemán Bruno Siegheim, un tipo errante, bicampeón de ajedrez de Sudáfrica, quien no pudo vencer un solo duelo contra aquel extraño indio de tez oscura. Al día siguiente, el excampeón del mundo José Raúl Capablanca ofreció en Londres una exhibición de partidas simultáneas contra 35 rivales. Perdió tres partidas y una de ellas fue la que le enfrentó a Sultan Khan. El cubano, en la jugada número 24, cometió un descuido garrafal (solo justificable por el enorme esfuerzo que exige este tipo de exhibiciones), lo que le permitió a Khan capturarle la dama con un caballo. La pifia de Capablanca es ideal para mostrársela a quien empieza a dar sus primeros jaques; o para hacer didáctica con un aforismo del gran maestro polaco Tartakower: «En ajedrez, gana quien comete el penúltimo error».

Sultan Khan enfermaba con frecuencia. Contrajo la malaria en la India y, al parecer, nunca se acostumbró al clima húmedo de Londres, por lo que era habitual que guardara reposo en cama. Alguna vez jugó con vendas alrededor del cuello debido a las continuas infecciones de garganta que sufría, o a la gripe. A pesar de su delicada salud, en el verano de 1929, Khan participó, animado por Hayat, en su primer campeonato británico de ajedrez. Durante la competición tuvo unas fiebres muy altas, pero sacó fuerzas de donde no las tenía y ganó. Con 24 años, el «indio misterioso» se convirtió en el mejor jugador de todo el imperio. Suele recordarse en este punto que los dos favoritos para lograr el título, Frederick Yates y George Alan Thomas, estaban disputando en esas mismas fechas un torneo de súper élite en el balneario de Carlsbad, en la región de Bohemia. Y es verdad que así fue, pero creo que Khan hubiera logrado el triunfo de cualquier modo. La noticia, pueden imaginarlo, tuvo un impacto enorme. El Secretario de Estado de la India, William Wedgwood, publicó en 'The Times', bajo un gran titular, la carta que había enviado a Khan para felicitarle: «...este logro es un gran honor para la India».

Al año siguiente, 1930, Sultan Khan representó a Gran Bretaña en las Olimpiadas de ajedrez de Hamburgo, como primer tablero, es decir, como el mejor del equipo, por delante de Yates y Alan Thomas. A lo largo de su corta carrera, Khan logró tres veces el título de campeón británico y participó en el mismo número de Olimpiadas, con algunas actuaciones de mérito. Pero su mayor hazaña competitiva tuvo lugar, sin duda, en el famoso torneo de Hastings (Inglaterra) de 1930/1931. Quedó en tercer lugar por detrás de Max Euwe y Capablanca, al que de nuevo derrotó, esta vez en partida oficial. La prensa contó su victoria frente al cubano con todo detalle: «Khan fue mejorando su posición poco a poco» y, cuando logró que uno de sus peones tuviera vía libre para coronar, Capablanca se rindió. «Una estruendosa y entusiasta ovación poco acostumbrada en reuniones ajedrecistas saludó el éxito del brillante maestro de las Indias Orientales. Su rival de las Occidentales se unió a ella con la mayor buena voluntad y simpatía». Pocos ajedrecistas en la historia habrán podido narrar algo semejante. Es como si Messi aplaudiera a un rival tras una derrota, abajo en el césped.

El gran maestro malagueño Ernesto Fernández Romero es uno de los mejores entrenadores de ajedrez de España. Desde hace años, trabaja codo a codo con Paco Vallejo, número uno del ranking nacional. Le pregunto por el estilo de Sultan Khan, por su victoria contra Capablanca. «En esta partida está mejor preparado que su rival», me comenta. «Demuestra ser un jugador tremendo porque una vez obtiene una pequeña ventaja, no la suelta, y eso es muy difícil. Parece claro que Khan tenía un talento posicional. Sin embargo, tácticamente es flojo. En función de las posiciones que consigue, puede jugar como un campeón del mundo o como un aficionado».

En 1933 ocurrió algo insólito. Khan se proclamó, por última vez, campeón nacional y, en paralelo, otra sirvienta india de Umar Hayat, conocida como Miss Fátima, de 21 años, logró el título en la sección femenina, por delante de cuatro excampeonas y sin derrota en su casillero. Dos «indígenas» conquistando la gloria. Parece un cuento con moraleja feliz. Sin embargo, cada vez que contemplo la fotografía de Hayat junto a Sultan Khan y Miss Fátima siento que algo no encaja como debería, como si el influjo o la vanidad del coronel atravesara el tiempo a través de la instantánea. Me lleva un rato apartar la vista de los ojos tristes de Sultan Khan. «Mis dos protegidos han justificado con creces mi confianza», confesó Hayat en una entrevista. Y añadió: «Estoy encantado. [...] Creo que mi esposa, Lady Umar, es una de las mejores jugadoras del mundo, pero es tímida y no quiere jugar en el campeonato. Ella fue quien le enseñó a Miss Fátima».

En 1934, Umar Hayat regresó a la India, lo que cortó en seco la trayectoria deportiva de Sultan Khan. También la de Miss Fátima, quien contó en un documental, años más tarde, que jugó unos minutos con la reina Victoria y con Winston Churchill. Cuando Hayat murió, dejó en herencia a Sultan Khan una pequeña granja muy cerca del mismo lugar en el que nació, en el Punjab. Allí pasó Khan el resto de sus días, entregado al campo y a los animales. Se dice que jamás volvió a sentarse delante de un tablero. Pero en 1954, según leo en un periódico pakistaní, participó en un torneo. No hay mucha más información. Sí sabemos que nunca quiso enseñar a jugar a sus hijos, como había hecho su padre con él y con sus hermanos. No vaya a ser que la historia, súbita y veleidosamente, describiera con ellos un círculo familiar infinito.

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