ADICTO A LA MORFINA, MUJERIEGO Y GENIO: LA VIDA DE MIJAIL TAL

Cuando el gobierno de Nikita Jruschov promovió una campaña contra el alcoholismo en la Unión Soviética, Mijaíl Tal dijo: «¿El estado contra el vodka? Pues yo me pongo del lado del vodka».

Ácrata y soviético por accidente, Tal pudo haber nacido en la Polinesia o en un suburbio de Lagos. Fue un regalo de Caissa perfumado con nicotina que se posó un día en Riga, un maverick que sacrificaba piezas para brindar por la belleza.

Tal se enamoraba (y divorciaba) con frecuencia, bebía mucho y fumaba tres cajetillas diarias de cigarrillos. Asiduo de los hospitales, los riñones nunca le funcionaron bien. Envejeció prematuramente porque se emborrachaba de vida y eso no hay prescripción médica que lo tolere. Su cuerpo era un tatuaje de cicatrices y agujeros. Sus cejas y sonrisa de niño demoníaco en realidad eran generosidad para con los mortales. Cuando se empezó a quedar calvo se dejó crecer una melena agrupando todo su cabello en las sienes como una fallera valenciana. Duró más de lo que él y sus médicos esperaban.

En una ocasión, Tal tuvo que ser ingresado de urgencia por un fallo renal. Ante lo peligroso de la intervención, un periódico soviético encargó a uno de sus redactores un texto sobre el ajedrecista por si este no sobrevivía. El obituario es un género en el que los más importantes son enterrados con antelación para que su muerte inoportuna no joda un cierre de la edición de papel. Lo cierto es que Tal sobrevivió a la operación y lo que es más extraordinario: a su necrológica. Alguien con espíritu burlón le mostró en vida lo que se había escrito sobre él prediciendo su muerte y no le gustó. Pero Tal, que era muy listo, no tardó en convertir esa máscara mortuoria en una broma macabra. Cuando en un torneo hablaba de su obituario decía que «algunos datos eran incorrectos» pero que había tenido «la fortuna de corregirlos».

Los grandes maestros durante una partida llegan a alcanzar las 145 pulsaciones por minuto y un aumento de la presión arterial de hasta un 30 %. Ritmos que él solo podía mantener en sus aventuras noctámbulas con gente de la farándula y espíritus libres. Tal regateaba la exigencia física con la confianza de quien cree que no verá el mañana.

-¿Es usted morfinómano? -le preguntaron en una conferencia.

-No. Soy chigorinómano -contestó haciendo referencia a Chigorin, el patriarca del ajedrez ruso.

Por supuesto que era adicto a la morfina. Y a las mujeres. Y a la música.

Tocaba el piano, Chaikovski y Rajmáninov eran sus compositores favoritos, sin que importara el defecto congénito que le había dejado una mano derecha con solo tres dedos. No necesitaba más. Los agitaba como un prestidigitador cuando se encendía un cigarro o acariciaba las teclas.

Era adicto a la morfina. Y a las mujeres. Y a la música. 

El peculiar Alexander Koblenz, reportero y cantante de ópera además de ajedrecista, fue su entrenador durante muchos años. Lo dirigió (sabiamente) más como un padre que como un instructor. Regateó las travesuras y templó los impulsos de su querido Misha. Sabía que un martes el pupilo vencía en la partida decisiva con una combinación majestuosa y el miércoles era sancionado sin Olimpiadas por recibir un botellazo de un novio celoso en un cabaré de Cuba. Tal era muy de sacar a bailar a la chica equivocada.

Una vez los organizadores de un torneo quisieron presentarle a unos jóvenes, presuntas promesas del pujante ajedrez del país. «A su edad yo ya era excampeón del mundo», replicó con malicia.

A Tal el título mundial nunca le importó demasiado. Quiso vivir como jugaba: sin mirar atrás. Su reinado fue fugaz pero inolvidable. Es una pena que un Tal sin achaques no se enfrentara al mejor Fischer. Nunca sabremos qué talento natural era más extraordinario. El letón ha sido el mejor ajedrecista ofensivo que ha existido, lo que tiene mucho mérito en una época donde brillaba la estrategia del no perder. Fue la contrafigura del también campeón Tigrán Petrosián, araña tejedora de la táctica profiláctica. Un ajedrecista que logró muchos más triunfos que él, pero que nunca se acercó al carisma del brujo de Riga.

Estuvo a punto de morir en una operación y pudo leer su obituario 

Tal gustaba de lucir sacrificios de piezas a veces pirotécnicos para desarticular a aquellos que creen que el ajedrez es un juego-ciencia y no un arte. Era un populista del tablero que gustaba de erizar emociones. A su amigo Sosonko le confesó que sentía celos si era otro el que levantaba en la audiencia un suspiro o un aplauso.

La falta de sentido práctico de Tal es proverbial. Cuando estaba en la cumbre, el Estado soviético le regaló un Volga, el mejor automóvil de fabricación nacional. El letón, ludita más por indolencia que por convicción, no sabía conducir y tampoco tenía intención de aprender. Así que se lo regaló a su hermano. Para él tener un coche no era un dilema, era un problema.

Con solo 23 años este hijo de médico había logrado desmontar pieza a pieza el corazón de silicio de Mijaíl Botvínnik (1911-1995), vaciarlo y volver a recomponerlo para ser el campeón más joven de la historia hasta la aparición huracanada de Kaspárov. Pero la mecánica de Botvínnik, paladín del ajedrez y héroe de la URSS, no enfermaba ni se oxidaba con vodka y un año después recuperó el título.

El poeta perdió esta vez contra el ingeniero. Unos días antes del encuentro al mago le habían operado de apendicitis. En la clínica donde reposaba fumaba a escondidas y lanzaba piropos a las enfermeras.

Tal no fue, como Bobby Fischer un adicto al ajedrez, fue un adicto a la vida.

Fragmento de 'Nieve negra. Dioses y héroes del ajedrez' (Editorial Libros del K.O.)

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