BOBBY FISCHER: DE LA GENIALIDAD A LA LOCURA

Algún día, la genialidad que Bobby Fischer expresaba en el ajedrez se transformó en locura. Y él, que desde niño se había sentido predestinado a ser campeón mundial, una vez que lo logró no volvió a disputar una sola partida oficial, y eso que tenía solo 29 años. Enseguida desapareció del mapa durante dos décadas. Cuando volvió, sus seguidores quedaron muy decepcionados con su nueva imagen.

Toda esa extraña peripecia deportiva y vital no sería tan notoria si Fischer no hubiera sido el principal responsable de que el ajedrez estuviera en las primeras planas de todos los diarios del mundo en 1972, cuando su desafío al entonces campeón, el soviético Boris Spassky, se convirtió en un auténtico combate de la Guerra Fría.

Hasta su origen fue novelesco. Nació en Chicago en 1943, hijo de Regina Wender, una enfermera de origen judío que hablaba seis idiomas y era convencida comunista. Se había casado con un físico alemán de apellido Fischer, que resultó espía de la KGB. Pero cuando nació Robert James, Regina ya se había separado y estaba en pareja con otro científico, el húngaro Paul Nemenyi, uno de los artífices de la bomba atómica estadounidense. Esa relación se supo públicamente hace pocos años, luego que el FBI desclasificara información sobre el ajedrecista. Cuando Bobby se anotó en la escuela, descubrieron que su coeficiente intelectual era superior al de Albert Einstein.

Esa inteligencia inusual le abrió las puertas de un colegio de moderna concepción pedagógica, aunque muy por encima de las posibilidades económicas de su madre enfermera. El niño ya había descubierto el ajedrez cuando su hermana le regaló un juego de piezas de plástico. Pronto solo le interesó eso, hasta la obsesión, de manera que sus estudios fueron mediocres. Algunas anécdotas relatadas por gente que conoció a Fischer hacen pensar que era un ignorante en muchos asuntos.

A los 12 años se hizo muy conocido en el ambiente ajedrecístico. Y en 1957, a los 14, se convirtió en el campeón de Estados Unidos más joven de la historia. Ya entonces ambicionaba ganar el título mundial, que desde 1948 pertenecía a jugadores de la Unión Soviética, donde este juego contaba con amplio respaldo oficial.

Se supo después que también estaba bajo la mira del FBI debido a las simpatías comunistas de su madre y sus parejas. Él, además, temía hasta la paranoia que la KGB lo siguiera, como potencial adversario de los campeones soviéticos. Se llegó a quitar los implantes dentales creyendo que le habían colocado un transmisor.

Como niño prodigio despertó también el interés de los medios estadounidenses: su personalidad combinaba esa genialidad frente al tablero con excentricidades cotidianas e incluso lagunas de conocimiento sobre el mundo real. Por ejemplo, pese a declararse ateo, comenzó a seguir los sermones radiales de un predicador de una secta evangelista, a la cual comenzó a enviar dinero. Terminó estafado.

Solo se manifestaba a plenitud en el ajedrez. Su juego se adelantó años a las computadoras: parecía tener en su cabeza todos los posibles movimientos de cualquier partida. Llegó a aprender ruso para poder leer todo lo que había sobre la teoría del juego. Y solía humillar a sus rivales, venciéndolos fácilmente pese a que se trataba de grandes maestros. Sin embargo, y pese a que su máxima aspiración era ser campeón mundial, durante años llevó adelante un eficaz boicot contra sus propias aspiraciones, ausentándose sin razón justificada de los torneos clasificatorios.

Finalmente, en 1972 se concretó un desafío contra el dueño del título, Boris Spassky, hasta entonces el único adversario al que no había podido vencer. Las partidas se realizaron en Reikiavik, la capital de la remota Islandia. Pero él estuvo a punto de hacer fracasar todo, al negarse a viajar hasta que no le aseguraron más dinero por participar.

Se asegura que también lo decidió una llamada del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, a pedido del presidente Richard Nixon, quien le advirtió que un estadounidense no podía desertar de un duelo ante un soviético. La Guerra Fría que entonces sostenían las superpotencias representó más que un telón de fondo de aquella serie de partidas. También el Kremlin presionó fuertemente a Spassky para que le ganara al americano.

Ya en Islandia, Fischer siguió lanzando una serie de exigencias caprichosas. Por ejemplo, reclamó realizar una de las partidas en un recinto hermético porque le molestaba el ruido de la cámara de televisión que seguía el juego. Spassky aceptó todos esos caprichos en nombre de la deportividad, pero se asegura que entre las presiones de Moscú y las pataletas de Fischer, el estrés aceleró su derrota.

Campeón del mundo, Fischer se convirtió en una de las máximas celebridades de Estados Unidos en aquel 1972. Pero ya durante los agasajos fastuosos se mostró distante. Cuentan que en un banquete, mientras se lo elogiaba en los discursos, él se fue a un costado a estudiar jugadas con su tablero portátil.

Cuando en 1975 lo desafió otro soviético, Anatoli Karpov, Fischer puso condiciones que la organización del ajedrez consideró inaceptables. Y así cedió su corona sin defenderla. A partir de entonces se perdió su rastro. En 1981 la policía de California arrestó a un vagabundo de extraño aspecto: resultó ser él.

En 1992, por fin, reapareció cuando se anunció una revancha ante Spassky, con un buen premio económico y sede en Yugoslavia. Sin embargo, esta vez el duelo no despertó gran interés: ambos ya no eran los de 1972... Además, en pleno conflicto de los Balcanes, el gobierno de Estados Unidos había prohibido a sus ciudadanos todo contacto con Yugoslavia. Fischer no aceptó y escupió sobre la advertencia oficial, por lo cual se dictó orden de captura contra él.

En esa reaparición, además, el excampeón mostró una inquietante nueva faceta: se manifestó admirador de Hitler, negaba el Holocausto y atacaba a mujeres, judíos y negros.

Fue detenido en 2004, cuando intentó entrar a Japón con un pasaporte irregular (el suyo había sido anulado por el gobierno estadounidense). Estuvo preso ocho meses, hasta que Islandia, por razones humanitarias y en recuerdo de aquellas partidas que hicieron conocer al país en el mundo, le concedió la ciudadanía. Pese a que Washington siguió reclamando su extradición para juzgarlo, Fischer voló de nuevo a Islandia. Y allí vivió hasta su muerte en 2008. Sufría problemas renales que demoró en tratarse por desconfianza hacia los médicos.

Leontxo García, especialista español en ajedrez, que lo conoció personalmente, comentó una vez: “Está científicamente demostrado que la frontera entre la genialidad y la locura es muy estrecha. Bobby Fischer tenía un cociente intelectual superior al de Einstein, pero fue una persona muy infeliz”.

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