FISCHER Y SPASSKY, DOS MONSTRUOS EN UN HISTÓRICO DUELO

La Guerra Fría estaba en punto de ebullición. Entre el Kremlin y la Casa Blanca había menos confianza que la que proyectan las cifras de López-Gatell, y para colmo los dos colosos arrastraban al mundo entero en su inacabable raund de sombra. El espionaje y el disimulo vivían un frenesí que no se veía desde que los aqueos lograron introducir un colosal caballo en Troya.

Ese era el comportamiento del planeta en los sesenta y setenta. En Occidente la CIA y los rastros del macartismo acusaban de traidor a la patria a todo el que estornudara, y en Oriente la KGB y la Stasi tenían la bota en el cuello de la mitad del mundo. Era imposible que tal polarización no se llevara a todos los campos del quehacer humano: el artístico, el cultural, el cósmico incluso y, desde luego, el científico y el deportivo.

El pulso entre ambos bloques en estas dos últimas esferas se produjo en 1972, en el que hasta entonces fue el combate más publicitado de la Guerra Fría, donde de hecho sí hubo un enfrentamiento real y produjo un triunfador y un derrotado: el choque entre Bobby Fischer y Boris Spassky en un tablero de ajedrez.

El soviético Spassky no era solo el campeón mundial de ajedrez desde 1969, sino además el más reciente miembro de una pléyade de grandes maestros que habían puesto a la hoz y el martillo en el pináculo del deporte ciencia en los últimos 24 años. En un país donde el ajedrez y la Iglesia Ortodoxa son las dos grandes religiones, encabezar esa disciplina por casi dos décadas y media no es poca cosa.

De 32 años y cara de niño travieso, con un dejo de Joe Pesci, aunque serio y frío como Siberia, Spassky llegó puntualísimo el 2 de julio a Islandia, día designado para el arranque de la partida. Sin embargo, debió esperar a que, nueve días después, Fischer decidiera poner fin a sus rabietas y hacer su aparición. Ni la carta de disculpas que envió mitigó el furor del ruso.

El estadounidense, un joven de 29 años enjuto y espigado, un Mark Zukerberg del siglo XX, ya tenía un nombre labrado en el mundo del ajedrez y estaba convertido en un rival temible. Se hallaba ahora en el quicio del enfrentamiento del siglo, donde las dos potencias se verían cara a cara ante un tablero, una disputa entre dos grandes maestros que al mismo tiempo hacían las veces de embajadores involuntarios de Richard Nixon y Leonid Breznev, las barras y las estrellas frente a la hoz y el martillo, el Tío Sam ante el Oso de la Madre Rusia, la lucha de titanes entre Oriente y Occidente.

La polarización en torno al enfrentamiento alcanzaba tales niveles que debió buscarse una sede neutral y —se dice— fría para que Spassky estuviera a gusto. La Federación Internacional de Ajedrez se decidió por Reikiavyk, la capital islandesa. Así pues, en el mismo lugar donde Julio Verne decidió emprender su “Viaje al centro de la Tierra”, se colocó la mesa para un viaje a las profundidades de los cerebros más célebres del momento.

De pequeño, Fischer era lo más lejano a un niño prodigio. Su desempeño era normal tirándole a lento. Sin embargo, acuñó y quizás hasta hoy es el único representante de lo que se conoce como “adolescente prodigio”. Se dice que un estudio de su coeficiente intelectual arrojó datos arriba de 180 (Einstein tenía 160). Cuando dijo despuntar, nadie lo paró. Hijo de una enfermera suiza y un físico alemán —aunque hay versiones de que su padre pudo ser un biólogo húngaro—, Fischer nació en Chicago y creció en Nueva York. Su precocidad llegó concluida la niñez y a los 15 años ya era Gran Maestro, en un país donde no había apoyo oficial al deporte ciencia. Avanzó a grandes zancadas por el reino de Caissa y en 1966 fue segundo en un torneo en Santa Mónica, California, cuyo campeón fue Spassky, cuando aún no era campeón mundial.

Quizás por su genialidad, los arranques de Fischer eran proverbiales. De un momento a otro decidió no ir a la partida del siglo, aun cuando se habían cumplido todas sus condiciones, que no eran pocas ni sencillas. Pero Nixon no estaba para juegos ni berrinches. Envió a su poderosísimo secretario de Estado, Henry Kissinger, a ponerle un “estate quieto” al veleidoso ajedrecista. Diplomático como era, el enviado de la Casa Blanca decidió emplear la mano izquierda y usó dos frases que quedaron para la posteridad: “Bobby, Estados Unidos quiere que vayas y derrotes a los rusos”. Y remató: “Eres nuestro hombre contra los rojos”.

Fischer asistió a Islandia y se hizo famoso, y Kissinger un año después fue Premio Nobel de la Paz.

La partida comenzó el 11 de julio de 1972. Cincuenta y un días después, el 31 de agosto, Spassky capituló y el campeonato mundial de ajedrez recaía por primera ocasión en un estadounidense.

El ruso pasó de ser un embajador empoderado de la Unión Soviética a un proscrito, y doce años después, en 1984, optó por la nacionalidad francesa. Quizás su consuelo fue que Fischer también resultó non grato para su país. El americano terminó siendo perseguido por su gobierno debido a que aceptó jugar contra Spassky, veinte años después, una réplica de la partida del siglo, y volvió a ganar. El problema fue que se optó como sede para ese encuentro a la antigua Yugoslavia, que en aquel 1992 era víctima de un bloqueo de Estados Unidos por su participación en la guerra de Bosnia. Ahora era George Bush padre quien no estaba para juegos y su gobierno dictó orden de búsqueda y captura contra Fischer.

El Gran Maestro de Chicago, que puso a su país en el firmamento ajedrecístico y dio al Tío Sam una de las victorias más sonadas de la Guerra Fría, terminó sus años a salto de mata —incluidos ocho meses de prisión en Tokio por usar un pasaporte falso— perseguido por su propio país. Como la cabra tira al monte, pidió y le fue concedida la nacionalidad islandesa y murió en la ciudad que lo vio encumbrarse, Reikiavyk, en 2008.

A sus 83 años, Spassky es el campeón mundial vivo más viejo del mundo. Vive en Moscú, a donde regresó hace unos años. Lo dicho: la cabra tira al monte.— Olegario M. Moguel Bernal

“Bobby, Estados Unidos quiere que vayas y derrotes a los rusos... Eres nuestro hombre contra los rojos” —Henry Kissinger

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