REIKIAVIK, VERANO DE 1972...

El campeonato mundial de ajedrez de 1972 fue el acontecimiento deportivo más trascendente de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Generó mayor atención periodística que cualquier otro evento, incluidos los juegos olímpicos o el mundial de fútbol.

Su significación política sobrepasó todo lo que hasta entonces podía imaginarse en una competición deportiva. Incluso las cúpulas gobernantes de las dos grandes superpotencias seguían cada acontecimiento al minuto.

Medios de todo el planeta, ávidos de capturar cualquier detalle, se presentaron en Reikiavik, la pequeña capital de Islandia.

Un modesto país, hasta entonces poco conocido pero, de repente, señalado en el mapa como sede de un choque de titanes entre el campeón mundial de ajedrez, el soviético Boris Spassky, y su ingobernable contrincante, el excéntrico y genial Robert James Fischer.

El mismo Fischer que había saltado a las portadas de las grandes publicaciones durante el año anterior después de aplastar a tres rivales de primera magnitud con una demostración de superioridad jamás vista en los cinco siglos registrados de competición ajedrecística.

Cuando el match por la corona mundial está a punto de comenzar, Fischer no se ha molestado en subir a un avión. Es más, se niega a salir de su escondite en Manhattan.

Por enésima vez, su presencia en una competición crucial pende de un hilo.

A través de sus abogados, expresa el deseo de cobrar más dinero.

El mundo entero contempla con pasmo y con desagrado su actitud, en apariencia fría y calculadora.

Va a comenzar el acontecimiento deportivo del siglo y uno de los dos protagonistas no se digna aparecer.

El aspirante que no estaba allí

Los islandeses hemos hecho todo lo posible para organizar este campeonato y agasajar al campeón mundial, así como al aspirante. Pero el aspirante no está aquí. Y me temo que su conducta está poniendo a Islandia en contra de los Estados Unidos. (Discurso del primer ministro islandés en el acto inaugural del campeonato).

El campeón mundial opina que es un hecho inaudito en la historia del ajedrez el que esté aquí preparado para comenzar el match y, sin embargo, tenga que verse obligado a esperar al aspirante. (Discurso de la delegación soviética en el acto inaugural del campeonato).

El señor Fischer, con todos sus guardaespaldas y abogados, con su equipo de psiquiatras y asesores médicos, con sus pataletas y, sobre todo, con su agudo instinto publicitario, ha convertido el campeonato de este año en la noticia del momento. Y si el señor Fischer tiene algún criterio moral al que se aferra, es el de que lo más importante en este juego no es ganar, sino recaudar la mayor cantidad de dinero posible. (Michael Nicholson, corresponsal de la cadena británica ITN).

El día uno de julio, corresponsales de los cinco continentes cubren la ceremonia de apertura de la final del campeonato mundial de ajedrez, ya calificada por toda la prensa como «el match del siglo».

El acto será registrado por cámaras y periodistas de todos los grandes medios, sí, pero se está pareciendo muy poco a la gran fiesta del ajedrez que se había estado anticipando con tanto ansia.

Por el contrario, el ambiente está muy enrarecido. Predominan las caras largas, las expresiones de perplejidad y, por encima de todo, las muestras de fastidio cuando no de abierto enfado. Todos están allí: los directivos de la FIDE, las autoridades políticas islandesas, los miembros de la delegación soviética, el embajador estadounidense…

Todos excepto Bobby Fischer.

A pocas horas del comienzo oficial de la final, continúa recluido en el apartamento de un amigo en Nueva York. Está arruinándole el festival al resto del planeta, que espera impaciente una fumata blanca por parte del pintoresco aspirante al trono.

Todos están indignados con su actitud. El campeón Boris Spassky expresa su descontento en un texto leído por la delegación de la URSS durante la ceremonia de apertura.

Para ser más exactos, se trata de una carta de protesta cuidadosamente redactada bajo la supervisión de las autoridades soviéticas, pero que no deja de reflejar, al menos en parte, sus sentimientos.

Dentro del mundillo ajedrecístico, es bien sabido que a Spassky le cae bien Fischer, pero esa simpatía no puede ocultar su irritación ante lo que considera una falta de respeto.

Por su parte, el primer ministro de Islandia se muestra todavía más duro y afirma que la ausencia de Fischer es una afrenta para su país, que está albergando el acontecimiento mediático más importante de toda su historia. El que Bobby no aparezca constituye un insulto a Islandia.

El dirigente advierte de que esa conducta podría empeorar el antiamericanismo ya latente en la sociedad islandesa, de tinte muy progresista.

La prensa internacional se muestra también muy despectiva hacia Bobby, en especial después de haber tenido que gastar respetables cantidades de dinero para enviar corresponsales a la isla, además de solucionar las carambolas logísticas que requiere el seguimiento de una competición que, en teoría, podría prolongarse durante semanas e incluso meses.

Ni siquiera los periodistas estadounidenses son demasiado benévolos con el penúltimo capricho de su gran estrella, que está resultando ser tan díscola como el otro deportista americano de fama internacional del momento, el controvertido boxeador Muhammad Ali.

Fischer, con esto, refuerza la imagen de genio extravagante, egoísta y desconsiderado, para quien poco significa el honor deportivo. Incluso las más altas instancias políticas de las dos superpotencias se alberga opiniones claras al respecto: en el Kremlin se muestran soliviantados por la ausencia del aspirante, aunque en privado se regocijan ante la posibilidad de que el peligroso norteamericano no se presente a la final y Spassky retenga su corona sin lucha.

En Washington, cómo no, contemplan con vergüenza ajena el desplante de su héroe nacional.

Pero, ¿por qué es tan importante para todo el planeta un campeonato en el que dos hombres se limitarán a mover unas piezas sobre un tablero? ¿Qué hace que el mundo entero esté tan pendiente de las sesenta y cuatro casillas, cuando hasta entonces el ajedrez había sido un deporte minoritario? ¿Qué es lo que está en juego?

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