REIKIAVIK, OTOÑO DE 1972

Transformado en el nuevo Albert Einstein, su popularidad a nivel mundial alcanzó cotas con las que únicamente podían compararse deportistas como Muhammad Ali o Pelé.

El carisma es algo que no se puede fabricar y la prensa encontró un filón en Fischer.

Su figura inspiró a miles de nuevos aficionados al ajedrez: las licencias en las federaciones de muchos países se dispararon, así como las ventas de tableros y de manuales. De repente, el sueño de muchos padres era el tener un Bobby Fischer en casa, porque su nombre se había transformado en sinónimo de genio.

Naturalmente, la prensa occidental y el Gobierno de los EE. UU. no se reprimieron a la hora de explotar la posibilidad de asestar un doloroso golpe a la URSS allá donde más le dolía.

El juego de los escaques, cuyas virtudes había glosado el mismísimo Lenin, formaba parte fundamental de la ideología soviética desde la Revolución de 1917. Ajedrez y URSS eran casi sinónimos.

Ahora era un estadounidense, nada menos, quien amenazaba con destruir aquella hegemonía. ¿Qué más se le podía pedir al asunto? Fischer, con su afición al pinball, a la música rock y a la Coca-Cola. Fischer, con su inconfundible acento de Brooklyn.

El chaval que había crecido a cuatro pasos de un estadio de béisbol, que había jugado en los tableros al aire libre de Manhattan. Alto, imponente, intrigante. Un campeón genuinamente americano que parecía diseñado a propósito para el regocijo de los medios de su país y del mundo entero. Lo tenía todo.

Todo, excepto las ganas de acudir a Islandia.

Mientras todos le esperan en Reikiavik, Fischer ya ha comunicado que la bolsa económica propuesta para el match (125.000 dólares de la época, unos 600.000 euros actuales, a repartir entre ambos contendientes) le parece insuficiente. Quiere más dinero, o no jugará.

También reclama un porcentaje de los derechos televisivos y de la recaudación de las taquillas. De repente, el paladín se esfuma cuando las democracias capitalistas lo están usando como principal arma propagandística. Está enfadando al mismo público que lo adora.

Para los estadounidenses, el campeonato se ha convertido en una cuestión de honor patrio, de defensa de un sistema de vida. Pero para Bobby parece limitarse a lo de siempre: dinero. Nadie puede entender que vaya a dejar pasar esta oportunidad de proclamarse campeón y de transformarse además en el más grande icono de Occidente durante esa etapa de la guerra fría.

De no acudir a Islandia, piensan muchos, estaría burlándose de millones de personas que han empezado a seguirlo muy de cerca, confiando en que aseste un sablazo mortal al petulante orgullo comunista.

La ceremonia de inauguración se celebra sin él. Nadie se atreve a asegurar que habrá una final.

El 3 de julio, dos días después de ese acto de presentación al que no se había molestado en acudir, un magnate británico llamado James Slater ofreció 125.000 dólares de su bolsillo para doblar la bolsa del premio, enviando un telegrama a Bobby que decía algo así como «Ahí tienes el dinero. Ahora ve y juega».

Horas de tensión insoportable

En cuanto supo que el premio económico se había doblado, para alivio de todos, Fischer abandonó su refugio y voló a Islandia.

A su llegada, en el aeropuerto, lo aguardaba una excitadísima multitud. Pero Bobby estaba ya sumido en un intenso estado de concentración, así que se metió en un automóvil sin mediar palabra y se esfumó con dirección a la vivienda que tenía designada.

Su tumultuosa aparición contrastaba con la anterior llegada de Boris Spassky, quien había firmado autógrafos y se había dejado agasajar por los admiradores, pero que había despertado mucha menos expectación. Spassky, aun siendo el campeón, era un virtual desconocido para muchos ciudadanos más allá de las fronteras soviéticas. Bobby, el aspirante, era la gran estrella.

Decíamos que durante 1971 Fischer había mostrado un nivel de juego insultante, transformándose en una figura bigger than life. No solamente era cuestión de fama: las recientes demostraciones del americano proporcionaban buenos motivos para que Spassky estuviese preocupado.

Lo que más molestaba a Boris Spassky, sin embargo, no era el nivel de juego de Fischer, sino la excesiva politización del evento.

Él se consideraba un patriota, pero no un comunista; era de los pocos Grandes Maestros que no pertenecía al aparato del PCUS. Él estaba en Reikiavik para disputar un título deportivo, no para dirimir el equilibrio geopolítico de las dos superpotencias, por más que la prensa mundial estuviese empeñada en calificar el enfrentamiento en términos casi bélicos.

Dicho de otro modo: Spassky estaba harto de la presión política y mediática. Durante el último año, las autoridades soviéticas no lo habían dejado en paz. El obsesivo mensaje del Kremlin era siempre el mismo: hay que ganar a Fischer, hay que ganar a Fischer. Aquello terminó siendo contraproducente. Spassky había preparado cuidadosamente el match, pero empezó a cansarse de que todo el sistema soviético pareciera descansar sobre sus espaldas y, ya antes de la final, demostró su hastío con síntomas de rebeldía que preocupaban a sus preparadores y, por extensión, al politburó.

Un buen ejemplo de su actitud: se le buscó un sparring adecuado para jugar una serie de partidas preparatorias, el jovencísimo y prometedor talento Anatoly Karpov —futuro campeón mundial, como todos sabemos—, cuyo juego recordaba al de Fischer en muchos aspectos.

Karpov había modelado su juego estudiando las partidas de Bobby. Aun siendo un producto prototípico de la fábrica soviética de talentos, era uno de los primeros espadas de una nueva generación de jugadores «fischerianos», que habían asimilado el paradigma del neoyorquino.

Por esto, el juego «posicional activo» de Karpov lo convertía era un sparring ideal para Spassky, ya que era precisamente ese estilo el que definía al propio Fischer.

Pero Spassky recibió con desgana la noticia de que debía medirse a Karpov. Consintió en jugar una partida contra él; la ganó con facilidad y decidió que ya tenía suficiente.

Un asombrado Karpov comunicó al equipo de entrenadores que el campeón no tenía intención de jugar ninguna otra partida de preparación contra él.

Nadie pudo hacer que cambiase de opinión. Como seguía siendo campeón mundial, era intocable, pero su actitud de visible desidia resultaba muy preocupante para las autoridades moscovitas. Spassky no estaba haciendo amigos en el Kremlin. Con el tiempo, pagaría su precio por ello. Continuará...

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