EL DESMORONAMIENTO DEL CAMPEÓN...

Boris Spassky llegó a la quinta partida muy desconcentrado, incluso desmoralizado, aunque iba por delante en el marcador.

Eso sí, esta vez fue él quien apareció tarde: por una vez, quiso devolverle el gesto al rival y esta vez fue Fischer quien, algo confuso y nervioso, tuvo que esperar varios minutos ante el tablero.

La jugarreta funcionó: Bobby aprendió la lección y ya no volvería a retrasarse ni una sola vez durante el resto del match.

En eso consistió la única y casi insignificante victoria psicológica del campeón.

Porque, por lo demás, Spassky no estaba con sus cinco sentidos en el juego: en el vigésimo séptimo movimiento cometió un tremebundo error que le costó la derrota, un error que llevó a los aficionados y analistas a soltar una exclamación casi de dolor físico.

Resultaba muy evidente que el campeón continuaba jugando por debajo de su nivel.

Fischer acababa de igualar el marcador a 2’5 puntos, aunque su juego todavía no había convencido a nadie.

Mucha gente estaba molesta por su conducta y no pocos, incluso en Occidente, empezaban a apiadarse del pobre Boris, que con sus malas partidas ya no podía ocultarlo: tenía ante sí un pesado trabajo, la pugna por recuperar la compostura.

Bobby necesitaba hacer algo que recordase al mundo por qué estaba allí, en la final. Había importunado a todos con sus manías y había obtenido un par de victorias muy poco convincentes frente a un rival claramente desorientado.

Poca cosa para el hombre que durante 1971 parecía haber llevado el ajedrez a otro nivel.

Las simpatías hacia el aspirante se estaban esfumando con rapidez. La prensa soviética no dejaba de denunciar con acritud —y también con bastante carga de razón— la manera en que Fischer estaba desnaturalizando el campeonato.

Aunque hubiese anulado la ventaja inicial de Spassky y tuviese ya un empate a puntos en el marcador, el prodigio estadounidense había comenzado el match decepcionando a todos.

Si quería inscribir su nombre entre los grandes de la historia del ajedrez iba a necesitar algo más que unas discutibles victorias basadas en la debilidad psicológica de su rival.

Tenía que empezar a jugar como un grande.

De lo contrario, incluso aunque obtuviese el título, nadie iba a querer reconocerlo como el grande del ajedrez que sin duda era.

Y entonces vino la sexta partida ... Continuará

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