LA BRILLANTE LUZ DE UN GENIO...

Una mezcla de interés y fastidio aqueja a quienes siguen de cerca el campeonato mundial de ajedrez de 1972. Esto es, casi todo el mundo con acceso a medios de comunicación.

Tras cinco partidas de la final, ¿qué es lo que ha hecho Robert Fischer?

No mucho, a juicio de los observadores y el público. Ha remontado un inicio desastroso, sí, y ha conseguido igualar la eliminatoria a 2’5 puntos, pero lo ha hecho desquiciando a Boris Spassky con sus retrasos y ausencias, con sus extrañas maniobras y con sus salidas de tono.

El campeón, con la concentración dañada, estaba jugando bastante por debajo de su nivel. Así pues, Bobby necesitaba algo más que juegos psicológicos para impresionar a quienes tenían fe en él.

La sexta partida fue ese algo más.

Ya desde el comienzo, Fischer parecía dispuesto a sorprender.

Desde Nueva York, el operador de teletipo que recibía las jugadas para comunicárselas a la prensa local solicitó que le volviesen a enviar la tercera jugada, asumiendo que se había tratado de un error tipográfico: el mensaje decía que Bobby estaba jugando un Gambito de Dama, apertura que no había puesto en práctica en toda su carrera, al menos no en partidas importantes.

Un jugador se siente más seguro y tiene muchas más probabilidades de evitar errores con las aperturas que mejor conoce. No parecía lógico que Fischer se arriesgase a usar una novedad cuando se enfrentaba al campeón del mundo en un momento crucial.

Pero sí, para asombro del operador de teletipo y de todo el mundo, y por descontado para asombro de Spassky, Bobby se estaba saliendo del guión previsto.

Era conocido por hacer todo lo contrario, atenerse siempre a las aperturas que mejor dominaba.

Pero esta vez, su plan fue perfecto, aunque sobre el tablero, a primera vista, no parecía ocurrir gran cosa. Más allá de la sorpresa inicial de la apertura, no había nada que contar. No se percibía ninguna jugada que dejase boquiabierto a nadie.

Y aun así, hacia el final, todo el mundo se daba cuenta de que Boris estaba perdido.

Como en sus mejores tiempos, las piezas de Fischer, insufladas por su vieja magia, llegaban al lugar indicado en el momento justo.

Y las piezas de Spassky solo podían sentarse a contemplar los nubarrones, que amenazaban con descargar un temporal.

Sin grandes alardes en ataque, limitándose a desplegar aquel sentido de la armonía que tanto admiraban sus seguidores e incluso sus rivales, un Bobby rayando en la perfección inhabilitaba por completo las opciones del adversario.

Sobre el papel, había cedido algunas desventajas que en otras partidas podrían resultar decisivas, como permitir que Boris disfrutase de un peligroso peón pasado, o de una torre frente a un inferior caballo. Pero eso era sobre el papel.

Porque, en el tablero, aquellas decisiones tácticas, aquellos regalos envenenados habían dejado completamente indefenso al rey del campeón ruso. Si Spassky había creído en algún momento, como sin duda lo creyó después de que pareciese haber neutralizado la sorpresa de la apertura, que la partida iba a ser segura para sus intereses, se equivocaba.

Una serie de maniobras de apariencia rutinaria, dirigidas por el agudo sentido sinfónico de Fischer, habían bastado para disipar toda esperanza.

Quizá el juego de Bobby no era tan fácil de leer ni tan previsible como el campeón había afirmado siempre, incluso en público.

Poco a poco, jugada a jugada, la posición de Boris fue atenazada, estrangulada y finalmente inutilizada.

Para muchos, esta es la mejor partida de Fischer en toda la final.

Por descontado, fue la partida en la que más se pareció al Bobby titánico de 1970-71, aquella apisonadora que, sin necesidades de espectaculares ataques, conseguía desangrar a sus rivales sin el más mínimo asomo de piedad.

Nada de sables o puñales; solo utilizando pequeñas agujas… pero agujas en mayor cantidad de la que ningún ajedrecista podía terminar soportando.

Spassky se rindió ante lo inevitable, después de aquella brillantísima exhibición que había comenzado como una sucesión de jugadas que habían parecido inofensivas hasta que dejaron de serlo.

Por primera vez en la final, el público se puso en pie para ovacionar al estadounidense.

Tras muchas reticencias y el escepticismo que había causado su accidentado aterrizaje en Islandia, los espectadores se mostraban enfervorizados por su estilo.

Fischer había jugado como Fischer, ¡por fin! Y lo que es más: el propio Boris se puso en pie y aplaudió también.

Bobby, asombrado, le estrechó la mano a su rival y se marchó rápidamente, como era costumbre, aunque esta vez, al meterse entre bastidores, dijo a los que tenía cerca: «¿Habéis visto lo que ha hecho Spassky? ¡Es un tipo con clase!».

El marcador estaba ahora 3’5 a 2’5 para Fischer.

En solo cuatro partidas había dado la vuelta a un desastroso inicio, aunque de sus tres partidas ganadas esta era la primera y única en la que había vencido y además había convencido a todos, hasta su rival. Continuará...

top