EMANUEL LASKER. EL CAMPEÓN INCOMPRENDIDO (3 DE 3)

Lasker cedió la corona solamente cuando un nuevo fenómeno, el cubano José Raúl Capablanca, tomó el ajedrez por asalto.

Capablanca tenia una capacidad innata para entender la posición, como si hubiese nacido con las leyes de Steinitz impresas en algún rincón de su cerebro.

También era mucho más joven.

Lasker sabía que iba a perder ante Capablanca y evitó jugarse el título ante él durante un tiempo, pero sus perennes apreturas económicas le hicieron aceptar y, como esperaba, perdió.

No era, ni mucho menos, una derrota deshonrosa para un campeón de mediana edad que se enfrentaba al que fue uno de los mayores talentos naturales en la historia de los tableros.

Pero incluso habiendo dejado de ser el campeón, el nivel de Lasker no decreció todo lo que cabía esperar por su edad.

Algo más de una década después, cuando Hitler llegó al poder, Lasker tuvo que huir de Alemania —era judío— y sus bienes fueron confiscados por el III Reich.

Tenía sesenta y seis años y su situación económica era muy mala. Reapareció en algunos torneos por cuestiones monetarias pero lejos de parecer una vieja gloria gastada, obtuvo clasificaciones sorprendentes y jugó tan bien algunas partidas que los asistentes llegaron a ovacionarle en pie.

Ya no era el mejor del mundo, pero continuaba siendo un genio en una inesperada buena forma. Su longevidad intelectual fue considerada poco menos que milagrosa. Emanuel Lasker murió en 1941, sin ver a Hitler derrotado, lo cual debió de producirle un considerable pesar.

Albert Einstein hablaba de Lasker en términos admirables, pero un tanto incómodos para el aficionado al ajedrez.

Lasker padeció por culpa de la barbarie nazi, pero no se volvió loco como Steinitz —quien al final de su vida perdió la razón y quería jugar contra Dios, ¡dándole ventaja! ¡Para ganarle!— ni se convirtió en alcohólico como Alekhine. Mantuvo una claridad mental superior hasta la ancianidad.

Aun así, Einstein señalaba su lado trágico. Pensaba que la inteligencia de Lasker era comparable a la suya propia; durante largos paseos en los que conversaban de muchos temas escuchaba con atención las opiniones de un hombre a quien describió como una de las mentes más originales e independientes con las que se había topado.

Sin embargo, deploraba que hubiese hecho del ajedrez su profesión. Aunque el propio Einstein había coqueteado superficialmente con el ajedrez, lo consideraba una pérdida de tiempo, y lamentó en público que su amigo dedicase tanto tiempo a un juego que absorbía tanta energía intelectual, detrayéndola de actividades para él más importantes.

Hubiese preferido que Lasker se hubiese volcado más en su trabajo matemático, ámbito en el que podía haber destacado mucho más, o en cualquier otra profesión donde su inmenso talento sin duda le hubiese permitido prosperar.

Porque, a pesar de su largo reinado, Lasker nunca tuvo mucho dinero ni prestigio.

Fue un campeón sin lustre social; nunca tuvo el savoir faire aristocrático de Paul Morphy o Capablanca, ni el carisma arrollador de Fischer o Kasparov; no tuvo detrás el soporte de todo un régimen como Botvinnik y los ajedrecistas soviéticos.

Lasker estaba solo y su talento nunca se tradujo en el reconocimiento del gran público, ni en bienestar económico, pese a que peleó por obtener dignas remuneraciones medio siglo antes de que Fischer lo hiciera. Lasker era un rey de estandarte desvaído, cuyo legado era motivo de confusión para los estudiosos y motivo de debate entre los grandes maestros de generaciones posteriores.

Afortunadamente, las máquinas, esos seres sin corazón que dictan las frías verdades del ajedrez sin tener en cuenta los viejos relatos cargados de juicios humanos, han revelado una maravillosa certeza: no era Lasker quien jugaba un ajedrez raro, era el ajedrez el que iba por detrás de él.

Supo adaptarse a diversas posiciones y estilos, buscando una respuesta pragmática que podía quebrantar ciertos principios teóricos en apariencia pero que era, no obstante, la requerida por la situación.

De manera no muy distinta a como hubiese hecho una máquina, no estaba limitado por los prejuicios teóricos de sus colegas, perseguía una verdad superior: verdad que gana las partidas.

Lo que se nos antojaba inconsistencia de sus ideas era su respuesta a la inconsistente variedad de contrincantes.

Lástima que estos solamente fuesen consistentes en una cosa: no conseguían captar que, pese a lo que sus respectivos egos se empeñasen en dictaminar, Lasker era, sencillamente, superior.

Ya saben, no hay más grande genio que aquel que es entendido cien años tarde.

Fin.

top