UNA VIDA DE NOVELA

Bent Larsen, el maestro que luchó contra Bobby Fischer y Anatoli Karpov y mudó su ajedrez a la Argentina por amor

A 10 años de su muerte, el recuerdo de un grande que fue parte de una época de oro, se enfrentó a la armada soviética y al crack estadounidense, recorrió el mundo y se radicó en el país.

 

Bent Larsen, en una partida ante Anatoli Karpov. Foto Twitter @EsMemorable

De las gélidas tierras danesas de Jutlandia, en el extremo Norte, hasta el clima cálido y apacible de las Canarias. Así fue la vida del ajedrecista danés Bent Larsen hasta que un día, después de un torneo en Mar del Plata a mediados de los 80, decidió radicarse en la Argentina. Se había casado con Laura, una abogada, y se estableció en Martínez. Y su historia de novela terminó en Buenos Aires hace exactamente diez años, el 9 de septiembre de 2010, después de sufrir una hemorragia cerebral.

Su actividad competitiva había atenuado de a poco, no así sus tareas de analista (estaba considerado como uno de los más calificados del mundo) ni sus columnas especializadas. Tanto que llegó a escribir para diez medios en simultáneo.

Después que la muerte del gran maestro Miguel Najdorf nos dejara sin un nombre excluyente en las memorables columnas de los viernes en Clarín, fue un lujo contar entre nosotros con la sabiduría de Larsen.

Aunque el ajedrez argentino, navegando por tantos años en su falta de recursos y en sus problemas de organización, no pudo aprovecharlo en todo lo que representaba. Porque Larsen fue uno de los mejores jugadores en las décadas del 60 y del 70, y el más grande jamás surgido de tierra escandinava hasta la aparición del fenómeno noruego Magnus Carlsen.

“Larsen fue uno de los ajedrecistas más brillantes y combativos del siglo XX. Encarnaba como pocos los tres ámbitos que siempre se atribuyen al ajedrez: era un gran artista, por la creatividad de sus partidas; un minucioso científico, por la precisión de sus análisis escritos; y un deportista indómito que solo aceptaba el empate si era inevitable. Todo acompañado por un amor infinito a su profesión”, escribió Leontxo García, el periodista del diario "El País" de España.

Un joven Bent Larsen, frente al tablero. Foto Twitter @AllOurBeloved

Con Larsen era a todo o nada: despreciaba las tablas. Y ese estilo lo llevaba tanto a juegos y triunfos brillantes como a caídas desconcertantes. Una de ellas fue traumática para él: el 0-6 que le infligió Bobby Fischer en las eliminatorias mundialistas de 1970.

Larsen fue la gran figura de los Magistrales Clarín del 79 y del 80, que ganó delante de la “crema” del ajedrez de su época: Anatoli Karpov, Jan Timman, Ulf Andersson, Ljubomir Ljubojevic y siguen las firmas.

Era un hombre profundamente culto, afable y de increíble modestia, capaz de quedarse horas con cualquier aficionado para explicarle o debatir una partida.

Emilio Petcoff lo definió así en una entrevista en este diario, luego de ganar el primero de aquellos Magistrales: “Larsen tiene un aire apacible, profesoral, distinguido. Pudo ser un brillante ingeniero, tal vez un doctor en matemática e investigador. Pero el ajedrez se convirtió en una pasión excluyente y por eso abandonó muy joven los claustros universitarios para convertirse en uno de los más poderosos jugadores del mundo, un explorador sutilísimo del juego ciencia, siempre fascinado por nuevos misterios y posibilidades del milenario entretenimiento”.

Bent Larsen, leyendo antes de una partida. Foto Twitter @dgriffinchess

Larsen nació el 4 de marzo de 1935 en Thisted, un pueblo de apenas ocho mil habitantes en la península de Jutlandia. Venía de una familia de sólida posición, ya que su padre era alto funcionario del Correo danés y dirigente del Partido Liberal.

En aquella entrevista, recordó que tuvo una infancia feliz: “Es cierto que al cumplir los cinco años se produjo la ocupación alemana. Pero el conflicto que en Escandinavia alcanzó terriblemente a Noruega no fue tan duro en Dinamarca. Por eso no guardo recuerdos dramáticos. Fui un alumno ejemplar. El mejor. Después del secundario me inscribí en Ingeniería. Pero el ajedrez me atrapó y es mi vocación. Lo aprendí a los 7 años, me enseñó un amigo, cuyo padre era un fuerte ajedrecista. A los 12 me anoté en un club y avancé rápidamente”

Dejó sus estudios de Ingeniería cuando apenas le faltaba un año para concluirlos y se dedicó con exclusividad al ajedrez. Su estilo se vio influido por las teorías de Aron Nimzowitch, quien se había radicado en Dinamarca durante la década del 20 y a quien Larsen definió como “el más importante ideólogo del estilo moderno, para quien no todo es tan fácil ni tan claro en el ajedrez”.

En 1951, Larsen ocupó el 5° puesto del Campeonato Mundial Juvenil en Birmingham y dos años más tarde era local del mismo evento, en Copenhague: sólo pudo quedar octavo mientras se consagraba Oscar Panno, en una circunstancia histórica para el ajedrez argentino.

Pero la campaña de Larsen despegó al año siguiente, al ganar el campeonato absoluto de su país, un título que luego revalidó por diez temporadas consecutivas.

Bent Larsen, en el Torneo de Candidatos de 1977. Foto Twitter @dgriffinchess

A los 20, ya era maestro internacional. Y en 1956 obtuvo el título de gran maestro después de su performance en la Olimpíada de Moscú, donde obtuvo la medalla de oro como primer tablero.

Claro que el estilo audaz y sin concesiones de Larsen, que se traducía en grandes triunfos y sucesivas derrotas, se notaba al poco tiempo: a la consagración en el torneo de Hastings, ese mismo año, le siguió un desconcertante 16° puesto en su primer Interzonal, en Portoroz.

Conquistó tres veces los Interzonales (1964 en Amsterdam, 1967 en Sousse y 1976 en Biel), pero a la vez sucumbió tres veces en la semifinal del Candidatura hacia el título mundial: en 1965 ante Mikhail Tal, en 1968 ante Boris Spassky y 1971 ante Fischer.

En aquella época consiguió victorias sobre todos los ajedrecistas top, incluyendo a la legión soviética de Botvinnik, Smyslov y Tal, y más adelante Petrosian, Spasski, Korchnoi y Karpov. Y también sobre Bobby Fischer, de quien fue analista en alguno de sus enfrentamientos con la armada rusa.

Para aquel histórico match Unión Soviética-Resto del Mundo disputado en Belgrado en 1970, Larsen reclamó –y le concedieron- el primer tablero, delante del propio Bobby. Pero fue éste, finalmente, quien terminó con la hegemonía soviética en los títulos mundiales al destronar a Spassky en Reykjavik.

Bent Larsen, ya en Argentina.

Larsen ya se había radicado en Las Palmas con su primera mujer. “Es un lugar ideal para los viajes y con un clima óptimo”, explicó. Dominaba ocho idiomas con igual soltura: danés, inglés, alemán, sueco, holandés, francés, ruso y español.

En sus escasos momentos libres, se deleitaba con la música de Brahms o Schumann, o con los clásicos de la literatura. Ljubojevic contó alguna vez que luego del Magistral de Orense, en el 75, Larsen “terminó recitando Hamlet. Se lo sabía de memoria”.

Legó sus conocimientos en más de veinte libros, de los cuales “Yo juego para ganar” está considerado uno de los clásicos de la especialidad. Según el gran maestro Alfonso Romero, “muestra claramente su estilo inconformista, su desprecio a las tablas y su búsqueda creativa de aperturas poco utilizadas, poco convencionales y dinámicas".

Y agrega: "Larsen será recordado siempre por su inquebrantable espíritu de lucha, despreciando siempre las denominadas ‘tablas de grandes maestros’. Fue, además, un caballero delante del tablero o un hombre de inmenso bagaje cultural”.

Lev Polugaievsky, otro de los notables ajedrecistas de la época, comentó: “Larsen tenía un estilo original y sólo propio de él: jugaba las aperturas de los románticos de forma moderna. Atacaba y defendía con similar destreza. Su juego denota una amplia cultura ajedrecística y una buena disposición a la lucha. Era un gran amante del ajedrez, leía todas las publicaciones novedosas y siempre hacía descubrimientos teóricos que aplicaba en los torneos importantes buscando sorprender a sus rivales".

Había visitado Mar del Plata por primera vez en 1958, ganando un torneo internacional. Volvió varias veces y quién sabe qué misterio -el fervor ajedrecístico, un nuevo amor- lo atrajo definitivamente hacia nuestro país. No perdió nunca aquella pasión por el juego. “El ajedrez es una hermosa amante a la que volvemos una y otra vez, sin que importen las muchas veces que nos rechace”, afirmó.

A diez años de su muerte, su vida y su legado siguen presentes

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