PAUL MORPHY EL CAMPEÓN QUE ODIÓ AL AJEDREZ (1 DE 3)

Nació en 1837 y jugó en la primera mitad del siglo XIX.

Nunca fue campeón del mundo, por la sencilla razón de que aún no existía un campeonato del mundo como tal, pero se le considera uno de los mayores talentos ajedrecísticos de todos los tiempos.

A los nueve años era uno de los mejores jugadores de su ciudad y a los doce fue capaz de vencer a uno de los ajedrecistas más reputados del mundo.

A los veinte años fue unánimemente reconocido como el mejor jugador del planeta… y tras competir durante sólo unos meses se retiró para siempre.

Durante el resto de su vida se negó a volver a sentarse ante un tablero, mientras desarrollaba extraños cuadros de comportamiento, encerrándose en sí mismo y perdiendo la calma si alguien mencionaba la palabra “ajedrez” en su presencia.

Fue el primer genio norteamericano del ajedrez —transcurriría más de un siglo hasta la llegada del siguiente, Bobby Fischer— y, también como Fischer, vivió sus últimos años en conflicto con la sociedad que le rodeaba y despertando serias dudas sobre el estado de su salud mental.

Veamos un poco su historia.

Una mente maravillosa

Según contaría después su familia, nadie le enseñó a jugar.

Su padre y su tío solían disputar algunas partidas de ajedrez en casa mientras el pequeño Paul se sentaba a observar en silencio.

Un buen día, al terminar una de esas partidas, el jovencito Morphy le dijo a su tío que debería haber ganado. Los dos hombres se sintieron sorprendidos por la ocurrencia, pero no le hicieron demasiado caso.

Sin embargo, ante la insistencia del niño, repasaron la partida y descubrieron que tenía razón. Les costaba creerlo: aquel mocoso había asimilado el ajedrez solamente viéndoles jugar y no mucho después, cuando quisieron darse cuenta, jugaba mejor que ellos.

De hecho, a los nueve años ya había poca gente en su ciudad natal —Nueva Orleans— que pudiera jugarle de tú a tú, y aún había menos que pudieran ganarle.

Mucha gente descubrió las capacidades del pequeño Morphy con la visita a la ciudad del general Winfield Scott, uno de los militares más célebres de su tiempo. Gran aficionado al ajedrez, al general le gustaba aprovechar su fama para enfrentarse a los mejores jugadores de cada ciudad por la que pasaba. al llegar a Nueva Orleans, los lugareños quisieron agasajarle llevando ante él al ajedrecista local más brillante, esto es, al pequeño Paul Morphy. Pero el general, ofendidísimo, protestó con voz atronadora cuando vio que el rival que le habían buscado era un insignificante niño de nueve años. Aquello era una broma de mal gusto, ¡algo intolerable! Sólo ante la reiterada insistencia de los presentes accedió el general a jugar contra el supuesto niño prodigio, aunque de bastante mala gana, aún no convencido de que no estuviesen intentando tomarle el pelo.

Morphy venció fácilmente en la primera partida.

Anonadado, creyendo que la sorpresa le había distraído, el viejo militar pidió una revancha. El niño volvió a ganar, con idéntica desenvoltura.

De muy mal humor y con el orgullo herido, el general se negó a jugar más. Se levantó de su silla y se marchó como un relámpago.

Para Winfield Scott, el ser derrotado por un mocoso constituía una verdadera afrenta para su orgullo: aún no se conocía en el ajedrez el concepto “niño prodigio”.

Más espíritu deportivo mostró algunos años después Johann Lowenthal, uno de los ajedrecistas más importantes de su tiempo, que estuvo también de visita en Nueva Orleans.

Procedente de Europa —donde estaba la flor y nata mundial de los escaques— fue también requerido para jugar contra el prodigio local, que por entonces tenía doce años de edad.

Aunque Lowenthal era de carácter más afable que el gruñón general Scott, también pensó que le estaban gastando una broma cuando le presentaron a Morphy. Aunque no se sintió ofendido por ello, limitándose a sonreír y a acariciar la cabeza al niño con un gesto de simpática complacencia paternalista.

Lowenthal y Morphy jugaron tres partidas.

El maestro húngaro empezó la primera partida con la misma bonachona sonrisa, pero a las pocas jugadas sus cejas se empezaron a elevar en gesto de asombro cada vez que el pequeño Morphy movía las piezas.

La incredulidad de Lowenthal fue en aumento cuando no sólo perdió la primera partida, sino también la segunda. En la tercera partida, Lowenthal consiguió obtener unas tablas. Uno de los mejores ajedrecistas del mundo sólo pudo obtener un mísero empate frente a un chiquillo de doce años. Pero lejos de sentirse herido en su orgullo y demostrando un verdadero amor por el arte del ajedrez, Lowenthal se maravilló de las capacidades de Morphy, le animó a seguir jugando y escribió inmediatamente a Europa hablando con sumo entusiasmo de su nuevo descubrimiento.

Cuando el maestro húngaro regresó al viejo continente le contó a todo el mundo cómo un niño le había ganado de manera inapelable en América. No todo el mundo le terminó de creer.

Nadie podía imaginar hasta donde llegaría este "niño prodigio" de New Orleans.

Continuará....

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