PAUL MORPHY, EL CAMPEÓN QUE ODIÓ AL AJEDREZ (2 DE 3)

El Ajedrez y la alta sociedad de Europa.

En épocas posteriores las victorias de Morphy sobre Lowenthal podrían haber disparado una carrera mediática y de torneos de exhibición para el niño prodigio, como sucedió en el siglo XX con jugadores precoces como Samuel Reshevsky, el español Arturo Pomar o el mencionado Bobby Fischer.

Pero a los trece años Morphy se alejó del ajedrez, por orden de su padre, cuyo único deseo era ver a su hijo convertido en abogado.

Sólo se le permitía jugar los domingos, mientras que el resto de la semana debía consagrarlo a los estudios. No hizo giras de exhibición ni demostraciones públicas de su talento.

Paul pertenecía a una familia muy adinerada y de mentalidad bastante retrógrada: su padre —de raíces españolas— era un arquetipo del típico conservadurismo sureño, y le resultaba inconcebible la idea de que su genial hijo pudiese ganar dinero jugando al ajedrez.

En la Nueva Orleans del siglo XIX, un caballero de buena familia sólo jugaba al ajedrez por diversión y el recibir dinero por mover unas cuantas piezas de madera era considerado una indignidad propia de tahúres y gente de mal vivir.

Jugar al ajedrez por dinero tenía exactamente la misma consideración que dedicarse a jugar al poker por dinero: algo impropio de un niño de buena cuna.

Así, entre los trece y los veinte años Paul Morphy —que resultó tan precoz en los estudios como en el juego de Caissa— adelantó varios cursos en la escuela y consiguió obtener el título de derecho con las máximas calificaciones posibles. Incluso se decía que era capaz recitar el código civil de Louisiana de memoria. Su etapa estudiantil fue tan brillante que obtuvo el título de abogado a los veinte años… cuando la edad legal mínima para ejercer la profesión en el estado de Louisiana eran los veintiuno.

Con todo un año sabático por delante y nada mejor que hacer que esperar a cumplir veintiún años para poder ejercer la abogacía, su tío le animó a presentarse a alguna competición ajedrecística importante.

El momento era idóneo: precisamente aquel año se celebraba en Nueva York la primera versión del campeonato de los Estados Unidos.

Pero a Morphy le costó decidirse, básicamente por la oposición de su padre a verle aparecer en torneos “profesionales” (que de profesionales tenían bien poco).

Además había pasado varios años practicando el ajedrez sólo de manera superficial, aunque sí había estudiado las partidas de varios maestros europeos.

Finalmente la insistencia de su tío y las ganas de Morphy de medirse con ajedrecistas importantes pudieron más que la oposición paterna. Viajó a Nueva York, se inscribió en el torneo, jugó… y barrió a todos sus rivales.

Estaba naciendo una estrella aunque su carrera deportiva iba a durar sólo unos meses.

Europa: la Meca de las sesenta y cuatro

Las noticias sobre el talento de aquel veinteañero que se había proclamado campeón estadounidense con un juego brillantísimo cruzaron el Atlántico y el nombre de Paul Morphy empezó a circular por los círculos ajedrecísticos del viejo continente.

Los maestros y los aficionados sintieron una enorme curiosidad por la figura del genio americano, que para colmo era el mismo que siendo sólo un niño había vencido a Lowenthal y del que el húngaro llevaba años hablando con asombro.

Todo el mundillo del ajedrez europeo empezó a anhelar que Morphy cruzase el charco y se enfrentase con los mejores jugadores de Europa, los veteranos Adolf Anderssen y Howard Staunton.

El alemán Anderssen, a sus cuarenta años, era unánimemente reconocido como el mejor jugador del mundo y todos sus rivales le consideraban un genio. Su forma de darse a conocer en el mundo del ajedrez fue muy peculiar: siendo todavía un anónimo profesor de instituto, enviaba problemas de ajedrez compuestos por él a las secciones de pasatiempos de revistas y periódicos.

La composición de problemas era la ocupación favorita de Anderssen cuando no estaba trabajando. Los ajedrecistas más importantes de Berlin terminaron fijándose en aquellos problemas: mostraban una imaginación táctica que iba mucho más allá de lo usual. Intrigados y deseando conocer a su autor, invitaron a Anderssen a su primer torneo profesional para comprobar si podía hacer gala de esa misma imaginación en verdaderas partidas de competición.

El hasta entonces anónimo profesor causó verdadero asombro: empezó a demoler a sus rivales con un ajedrez fabulosamente espectacular, completamente basado en un venenoso juego de ataque.

Sus partidas eran tanto o más imaginativas que sus problemas. Anderssen era extraordinariamente creativo y podía hacer jugadas que a nadie más se le hubiesen pasado por la mente. Algunas de sus partidas resultan tan fascinantes que jamás han dejado de figurar en las recopilaciones de las partidas célebres de todos los tiempos.

Una de esas partidas suyas, llamada sencillamente la Inmortal, es probablemente la partida más famosa en la historia del ajedrez.

Aún hoy, es considerado uno de los más grandes artistas que jamás han pasado por este deporte.

La fama de Anderssen se extendió rápidamente y fue invitado a jugar algunos torneos en Londres, por entonces el centro ajedrecístico del mundo. Allí demostró que efectivamente no tenía rivales en el continente. Después volvió a su ciudad para seguir trabajando como profesor; no solía aparecer en los grandes torneos porque los costos de los viajes no estaban a su alcance. Incluso cuando le invitaban costándole los gastos, sólo acudía a un torneo si coincidía con sus vacaciones.

Pese a reticencia a competir a menudo, nadie dudaba que Adolf Anderssen era el mejor ajedrecista del planeta.

En lo cual se había convertido cuando había vencido en Londres al inglés Staunton, hasta entonces número uno del ajedrez, cuya posición social era muy diferente de la de Anderssen. Staunton era un rico editor que gastaba parte de su fortuna organizando torneos: él fue quien financió la primera aparición de Anderssen en Inglaterra, que sirvió precisamente para que el alemán le destronara. También financió el diseño de las modernas piezas de ajedrez —llamadas “piezas Staunton” en su honor— y disfrutaba ejerciendo como mecenas de otros grandes jugadores..

El inglés fue el ídolo ajedrecístico de la infancia de Paul Morphy —Anderssen saltó a la fama mientras Morphy ya estaba estudiando— y el inglés se manifestó dispuesto a financiar y organizar un torneo que sirviese para presentar al joven norteamericano en Europa.

Morphy quería viajar a Europa precisamente para enfrentarse a su ídolo Staunton, pero su padre, aún opuesto a sus actividades ajedrecísticas “profesionales”, le negó el dinero necesario para el viaje.

Entonces, con ayuda de su tío, la asociación de ajedrecistas de Nueva Orleans hizo una colecta pública y reunió el capital suficiente para financiar la expedición a Europa.

Con ese dinero recogido por los aficionados al ajedrez de su ciudad, Paul Morphy subió a un barco y se encaminó a Inglaterra.

Continuará...

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