PAUL MORPHY, EL CAMPEÓN QUE ODIÓ AL AJEDREZ (3 DE 3)

Morphy arrasa el viejo continente

Como decimos, Staunton organizó un torneo de presentación para el norteamericano, aunque él mismo no participó al estar momentáneamente ocupado con una importante reedición de las obras de Shakespeare. Sin embargo, Staunton aseguró que el trabajo estaba casi terminado y prometió que en cuanto quedase libre jugaría contra Morphy.

Pero cuando Staunton vio jugar a Morphy contra otros rivales, sus ganas de acceder a enfrentarse a él empezaron a decaer.

El prodigio americano arrasaba a todos cuantos se le ponían por delante, incluyendo un amigable reencuentro con su antiguo conocido, el húngaro Lowenthal.

Morphty barrió a todos los ajedrecistas importantes presentes en Londres excepto a Staunton, quien de repente parecía estar mucho más ocupado con su trabajo.

Paul, viendo que Staunton le daba largas, viajó a París para hacer tiempo.

En París, que era el otro gran centro ajedrecístico de la época, arrasó también a los mejores jugadores locales.

Fue también en París donde se enfrentó al número uno mundial, Adolf Anderssen, en el choque más esperado por los aficionados europeos.

El genio alemán acudió a la cita de mala gana como de costumbre, porque el viaje a París rompía su rutina y además, debido a las condiciones de la época, era un trayecto bastante incómodo.

Pero la insistencia del público y el hecho de que le ofreciesen una cantidad de dinero le hicieron acceder. El enfrentamiento entre Morphy y Anderssen no se produjo en el mejor momento de ambos precisamente: el norteamericano enfermó de gripe intestinal justo antes de iniciar la serie de partidas —tuvo que jugar la primera de ellas tendido en la cama y durante las siguientes partidas mostraba síntomas de anemia— y el alemán llegaba cansado del viaje y fuera de forma, pues llevaba bastante tiempo sin competir.

Con todo, el resultado final fue esclarecedor y demostró un dominio demoledor del joven prodigio americano: jugaron once partidas, de las que Morphy ganó siete y Anderssen solamente dos, quedando las otras dos en tablas.

Aquello convertía a Paul Morphy, sin ninguna duda, en el mejor ajedrecista del mundo.

Anderssen, que ya se había acostumbrado a su fama de intocable, objetó que lo abultado del resultado se debía a su falta de práctica, aunque admitió que Morphy era con mucho el ajedrecista más potente al que se había enfrentado nunca.

Tras derrotar a Anderssen la fama de Morphy se disparó.

Fue aclamado como “campeón mundial” —oficiosamente, claro— y agasajado por los aristócratas europeos (por entonces el ajedrez era una de las aficiones habituales de la realeza) incluyendo visitas de príncipes rusos a su hotel o una recepción en el palacio de Buckingham.

Pero todo lo que Morphy deseaba era conseguir jugar contra Howard Staunton antes de cumplir los veintiún años y tener que volver a Nueva Orleans para convertirse en leguleyo.

Sin embargo, Staunton seguía dando excusa tras excusa y más después de ver cómo Morphy había hecho trizas al hasta entonces invencible Anderssen.

Cuando Morphy, para su honda decepción, entendió finalmente que Staunton simple y llanamente le tenía miedo y que nunca iba a acceder a jugar contra él, regresó a los Estados Unidos.

En su país natal, donde su fama era ya descomunal, Morphy fue recibido como un héroe y aclamado multitudinariamente en todos los lugares de su itinerario entre Nueva York y Nueva Orleans.

Estas victorias de Morphy en Europa, obtenidas en un periodo de tiempo muy breve, constituyen toda su carrera ajedrecística profesional.

Es el único ajedrecista considerado uno de los más grandes cuya actividad se limitó a unos pocos meses. Pero derrotó a todos los grandes jugadores de su tiempo y sobre todo demostró una apabullante superioridad sobre Adolf Anderssen, cuyo diabólico juego de ataque fue contestado con pasmosa facilidad por el americano.

Morphy estaba un escalón por delante de todos sus contemporáneos y ni siquiera hacía falta que hubiese jugado contra Staunton; como todo el mundo pensaba entonces, el inglés no podía con Anderssen, así que mucho menos hubiese podido con Morphy.

Paul podía jugar en todos los estilos: de manera tranquila cuando se enfrentaba a un jugador posicional, o con agresividad cuando se enfrentaba a un atacante nato como Anderssen.

Durante los breves meses en que como una estrella fugaz iluminó el mundo del ajedrez, hizo que los mejores maestros parecieran jugar un ajedrez obsoleto y defectuoso.

Cuando se retiró del ajedrez dijo que jamás volvería a jugar con nadie sin darle ventaja. Porque, de hecho, no había rival en el mundo para él.

El hombre que odió el ajedrez

Morphy no tuvo suerte tras su retirada.

Cuando se disponía finalmente a empezar a ejercer como abogado, estalló la Guerra Civil norteamericana, lo cual retrasó varios años su establecimiento profesional.

Su familia se exilió y él hizo algunos viajes hasta que terminó el conflicto. Pero después de la guerra tampoco consiguió el éxito en la abogacía.

La gente seguía considerándole sólo un ajedrecista y su tremenda fama pesaba tanto sobre él que incluso había clientes que le contrataban sólo para hablarle de ajedrez, algo que a Morphy le mortificaba.

Nadie le tomó en serio como abogado. Seguía siendo Paul Morphy, el “campeón del mundo”.

Como consecuencia, Morphy fue dejando progresivamente de jugar al ajedrez incluso en la intimidad.

Comenzó a culpar de su desastroso devenir profesional a la fama obtenida sobre los tableros.

Fuertemente influido por la mentalidad de su padre, consideraba que sus veleidades ajedrecísticas le habían arruinado la vida y que debería haberse centrado únicamente en la abogacía.

Su personalidad fue transformándose y se tornó más avinagrada y retraída. Empezó a aislarse socialmente e incluso a mostrar ciertos síntomas de paranoia. Su fracaso personal y profesional desestabilizó su psique.

Llegó un momento en que no toleraba que nadie hablase de ajedrez delante suyo. Los pensamientos obsesivos fueron apoderándose de él.

Paul Morphy siguió viviendo en Nueva Orleans, donde murió a los cuarenta y siete años por un colapso producido, según los médicos, por tomar un baño demasiado frío. Habían pasado casi tres décadas desde su efímero reinado deportivo, pero en el mundo del ajedrez nunca se le había olvidado, más bien todo lo contrario.

Su figura seguía siendo idolatrada por los ajedrecistas.

La nueva gran figura del ajedrez alemán, Wilhem Steinitz, que se había convertido en el jugador dominante a nivel mundial gracias a su estilo revolucionario — Steintizfue el creador del ajedrez moderno— se negó a aceptar el título de campeón del mundo mientras Paul estuvo vivo, sin importar que Morphy estuviese definitivamente alejado de la competición.

Steinitz decía que no podía aceptar ser considerado el mejor mientras Morphy estuviese sobre la faz de la Tierra. Viajó a los Estados Unidos para conocer a Morphy y pudo hablar con él con la única condición de que el ajedrez no fuese mencionado. Sólo cuando Morphy murió —un año después de aquella conversación— accedió Steinitz a convertirse en el primer campeón mundial reconocido oficialmente.

Hasta tal punto había causado impresión el paso de Morphy por el ajedrez.

Los progresivos desequilibrios psíquicos, la creciente amargura y aislamiento, así como su incapacidad para adaptarse a la vida normal después de haber sido ascendido a la fama convirtieron a Paul Morphy en la primera de una célebre serie de personalidades trágicas del ajedrez.

Su figura fue repetidamente recordada cuando el otro gran genio americano, Bobby Fischer, se retiró también de manera prematura, negándose a aparecer en torneos y mostrando también tendencia a la paranoia, tendencia al aislamiento y un hondo resentimiento hacia la sociedad.

Ambos fueron, en cierto modo, víctimas de sus respectivas educaciones, crearon un culto casi mitológico en torno a su figura cuando se retiraron e hicieron trascender su influencia deportiva mucho más allá de sus respectivas eras de competición.

Fischer, de hecho, idolatraba a Morphy y fue quien mejor resumió la magnitud de Morphy en una sola frase.

Una vez, durante la ascensión de Bobby en los años sesenta, le preguntaron qué ocurriría si Morphy resucitase y jugase en las competiciones modernas, en las que el ajedrez estaba más avanzado y era muchísimo más complejo que el ajedrez primitivo del siglo XIX.

La respuesta de Fischer lo dice todo:

“Si Morphy jugase hoy, necesitaría unos meses para ponerse al tanto de la teoría… y después se convertiría en campeón del mundo”.

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