CUENTA CAPABLANCA

Curiosa historia narrada por José Raúl Capablanca:

“En el verano de 1904 me trasladé a los Estados Unidos para aprender inglés y prepararme para ingresar a la Universidad de Columbia. Una tarde de 1906 o 1907 – se me ha olvidado la fecha exacta – mientras yo estaba de visita en el Club de Ajedrez de Manhattan, en Nueva York, un conocido mío entró y me invitó a ir al lado este de la ciudad para presenciar una exhibición de simultáneas a la ciega de uno de los muchos llamados “maestros” de segunda o tercera categoría que residen en Nueva York. El singular jugador en cuestión tenía un excelente desempeño jugando a ciegas cuando se enfrentan a sólo seis u ocho jugadores.

Cuando llegamos, el asunto se encontraba en la parte más interesante. Nos llevaron a un rincón de la sala, donde un pequeño hombre de mediana edad, con una cabeza bastante grande, estaba sentado delante de un tablero comentando una de las partidas en progreso. Yo no conocía a nadie y nadie me conocía a mí, así que nos sentamos de manera silenciosa a observar la demostración. El hombre de baja estatura era escuchado con evidente respeto por todos alrededor de la mesa. Mirando con mucha curiosidad, yo estaba sorprendido de ver que los demás solo aprobaban sus movimientos y explicaciones ya que algunas (me parecían a mí) estaban fuera de lugar.

Mi presunción juvenil me hizo pensar que lo que escuchaba era absurdo, y que el pequeño hombre no era muy buen jugador. En una o dos ocasiones estuve a punto de intervenir para corregir al muy respetado personaje. Afortunadamente mi vieja costumbre de observar, en silencio, me salvó de una experiencia que hubiera sido muy humillante, ya que a los pocos minutos me presentaron al pequeño hombre. ¡Era nada más y nada menos que el gran Dr. Emanuel Lasker!, el entonces campeón mundial de ajedrez.

Nunca en mi vida había estado tan agradecido por seguir mi propio consejo (de no ser entrometido). El hecho era que el GRAN JUGADOR consideró la posición desde un punto de vista diferente a la del COMÚN JUGADOR que era yo entonces. Uno mucho más grande y con profundo conocimiento e instinto, descartó como inútiles muchas líneas de juego que yo consideraba importantes.

Un par de años más tarde tuve la experiencia más insólita de mi vida en el ajedrez. Yo estaba ya en la Universidad de Columbia, pero visitaba con frecuencia el Club de Ajedrez de Manhattan. El Dr. Lasker vivía por entonces en Nueva York. Una noche, cuando estaba en el club, él entró. Yo estaba en ese momento reconocido como el jugador más fuerte del club. El Dr. Lasker me hizo el cumplido de pedirme que examinara con él una cierta posición que le había intrigado considerablemente, y acerca de la cual él aún no había tomado una decisión. Cuando nos sentamos, algunos de los jugadores fuertes del club se acercaron a mirar, y de paso a ofrecer sugerencias, pero naturalmente, con el debido respeto a la presencia del entonces campeón del mundo.

Habíamos estado allí cerca de media hora sin haber llegado a una conclusión definitiva, cuando un joven bien vestido entró, dijo: “Buenas noches”, y sentándose junto al Dr. Lasker, preguntó cuál era la naturaleza del asunto en cuestión. Inmediatamente después de que se le informo él procedió a darle sus sugerencias al Dr. Lasker de una manera bastante arrogante, y se comprometió a mostrarnos que no sabíamos de lo que estábamos tratando.

Lo miré con asombro, pero, al ver su expresión despreocupada y la aparente familiaridad con que trataba al Dr. Lasker, llegué a la conclusión que era un íntimo amigo del campeón, y por lo tanto no dije nada. No pasó mucho tiempo para que el Dr. Lasker le mostrara al joven lo poco que realmente sabía sobre la posición en cuestión. El joven pronto se levantó, dijo: “Buenas noches” y se fue.

Yo no pude contenerme por más tiempo, y por eso le pregunté al Dr. Lasker quién era su amigo. Su respuesta fue que él nunca había visto al joven antes, y que había pensado todo el tiempo que el joven era un íntimo amigo mío – una situación verdaderamente asombrosa. Ambos habíamos tratado al joven con una gran consideración porque cada uno pensaba que era un íntimo amigo del otro, cuando, de hecho, ninguno de los dos lo habíamos visto jamás”.

- Extracto de un artículo de Capablanca titulado “Campeonato de Ajedrez: Incidentes y Reminiscencias” publicado en las páginas 86-89 del Windsor Magazine, Diciembre de 1922.

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