¿QUIÉN MATÓ A BOBBY FISCHER?

En mayo de 1972, dos meses antes del legendario duelo entre Spassky y Fischer en Reikiavik, el presidente Richard Nixon visitó Moscú para reunirse con Leonid Breznev, el hombre fuerte del Partido Comunista. El objetivo era suavizar la congoja creciente ante la amenaza de una guerra nuclear que nadie deseaba. El mundo estaba acojonado. Nixon, que sabía de la debilidad de Breznev por los automóviles, le regaló un Cadillac para su colección personal. Y, entre ofrenda y protocolo, como sin venir a cuento, el presidente estadounidense hizo entrega solemne de un regalo inesperado «para el pueblo soviético». Se trataba de un juego de ajedrez de porcelana y oro diseñado para la ocasión, con piezas de 17 centímetros de altura. Nixon tenía en mente, sin duda, la inminente batalla entre Fischer y Spassky. Y por eso quiso ejecutar, en el tablero político, una jugada tan ingeniosa como premonitoria. A fin de cuentas, aquella visita suya no era más que un juego de propaganda, una paz a medias para los medios, porque la verdadera batalla se iba a librar dentro de pocas semanas en una isla volcánica y desconocida, Islandia, donde la Guerra Fría se desdoblaría en el tablero.

El 1 de septiembre de 1972 Nixon estaba en el ojo del huracán por el escándalo Watergate. En contraste, ese mismo día, en Reikiavik, sonaba la pieza 'Les oiseaux dans la charmille', de Offenbach. Era la música elegida para la ceremonia de clausura del campeonato del mundo. Un campeonato que había estado, por momentos, en el alambre. Al final, Fischer cumplió con su palabra, como de costumbre: «No solo jugaré por mi país, sino que volveré con la corona de campeón». Eso le dijo a Henry Kissinger, Secretario de Estado de Nixon, a primeros de julio. En la entrega de premios, Fischer sacó un pequeño tablero del bolsillo para mostrarle a Spassky los análisis que había hecho sobre la última partida. El soviético señaló algunas jugadas interesantes, haciéndole ver a Bobby que quizás pudo haber resistido un poco más, pero Fischer negaba cualquier variante con la cabeza: «No hubiera cambiado nada, habría ganado de todas formas». Fischer era así. No buscaba hurgar en la herida de Spassky, tan solo pretendía hablar de ajedrez. Al punto de que ni siquiera se había dado cuenta de que le nombraban desde el escenario. Robert James Fischer: undécimo campeón del mundo en la historia del ajedrez. Héroe entre los héroes. Semidiós y diablo. El público aplaudió en pie mientras Bobby recogía su corona de laureles. Y no podía sospecharlo pero, a partir de ese momento, daría comienzo su particular pesadilla.

Miguel Quinteros, ajedrecista argentino, fue su amigo y confidente durante décadas. Fischer y Quinteros se quedaron unos días en Reikiavik para festejar el triunfo por todo lo alto. En la prensa se publicó el siguiente titular: «Los ayudantes de Fischer, descontentos porque le tuvieron que despertar». La nota hacía mención al banquete con el que se celebró la victoria («cordero a la parrilla al estilo vikingo») y a la felicitación por telegrama que recibió Bobby de parte del presidente Nixon. El teléfono de la habitación del hotel no paraba de sonar. Quinteros le recordaba a Fischer que debía volver a los Estados Unidos, pero Bobby no tenía prisa. Tranquilo, todo a su tiempo. También Spassky prolongó unos días más su estancia en la isla. Los dedicó a uno de sus deportes favoritos, la pesca del salmón. Spassky sabía el castigo que le esperaba a su regreso a Moscú, y por eso (creo) necesitó contemplar la destreza natural de esta curiosa especie, para pensar en cómo iba él a sortear la odisea vital, a contracorriente, que le aguardaba.

A través de mi buen amigo Juan Luis Jaureguiberry, logro contactar con Quinteros, quien me atiende desde Argentina. Le pregunto por aquellos días de frenesí: «Cuando íbamos en el avión de regreso, Bobby me decía: 'Vas a conocer la Casa Blanca, Miguel'. En aquel momento, fíjate que Fischer se había convertido en el mejor deportista norteamericano de todos los tiempos. Tras veinticuatro años de dominio absoluto, puso fin a la hegemonía de los soviéticos en el ajedrez, con todo lo que esto suponía. Así que, durante días, estuvimos esperando la llamada de Nixon. Pero no se produjo. Los honores fueron para Nadia Comaneci, una gimnasta rumana que, dicho sea de paso, ¡era comunista! Bobby no podía creerlo, aquello sembró la semilla de su rencor. Fischer amaba profundamente su país, era un nacionalista convencido que esperaba, de corazón, un reconocimiento».

«¿Puedes imaginar que la FIFA, hoy, mata a Messi o a Ronaldo?»

El 5 de octubre de 1972, Fischer participó en el 'show' del cómico Bob Hope, el programa más popular de la televisión de los Estados Unidos. Les recomiendo ver esta pieza en internet, es una joya. Bobby compartió cartel con el nadador Mark Spitz, quien había logrado siete medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Munich. Las líneas de guion de Fischer y Bob Hope son fantásticas. En el centro del escenario colocaron una mesa con un tablero de ajedrez. A la izquierda, Hope hace de Spassky, con su gorro ruso o 'ushanka'. En una clara parodia de lo que sucedió en la primera partida del duelo en Reikiavik, un impaciente Spassky golpea el reloj y bebe vodka. Harto de esperar, tumba al rey enemigo y se declara campeón. «¡El rey ha muerto!», grita mirando a cámara. Entonces entra en el plató Fischer, sonriente, y le corrige: «No, todavía no». El público aplaude, silba de júbilo. Minutos más tarde, Hope le pregunta a Fischer: «¿Cómo se llevaba con Boris Spassky?». Bobby responde: «Bueno, es un buen tipo. Por la mañana, me decía: «Llegas tarde»; y por la tarde, yo le decía: 'Jaque mate'». Risas enlatadas. Ya les he dicho que es una joya.

Pero ahí quedó todo, en unas cuantas alabanzas de oropel. La más sonada fue la recepción oficial que organizó el alcalde de Nueva York, John Lindsay, con la presencia de más de mil personas en las escalinatas del ayuntamiento. Este fue el único gesto político de gratitud hacia el nuevo campeón del mundo. Fischer tiró de humor en su discurso ante la multitud: «Quiero desmentir un rumor malicioso […]. No es cierto que Henry Kissinger me llamara por la noche para decirme las jugadas». Las risas, esta vez, no fueron de lata. Quinteros recuerda todo aquello con cierta tristeza: «El sacrificio de Fischer por el ajedrez y por su país fue tremendo», señala. «Sin embargo, el gobierno de los Estados Unidos hizo todo lo posible por destruirlo. Y, de poco a poco, lo fueron matando».

Bobby Fischer no volvió a jugar al ajedrez. El nuevo retador al título de campeón del mundo era el soviético Anatoli Kárpov, un joven talento del Partido Comunista. Fischer exigió que se cumplieran tres condiciones para poner en juego su corona. Una: el primero en llegar a 10 victorias, sería el campeón. Dos: las tablas no contarían. Y tres: un tanteo de 9-9 le beneficiaría. Esta tercera condición contradecía el sentido matemático de la primera exigencia, pues, en la práctica, obligaba a Kárpov a ganar con una diferencia de dos puntos para poder arrebatarle el título. Su amigo Quinteros le insistió una y mil veces: «¿Para qué marcas estas condiciones, Bobby? No son necesarias. Kárpov no tiene nada que hacer contigo; con suerte, quizás te gane una». Y Fischer siempre contestaba: «Lo hago por todas las cosas que los rusos me hicieron a mí».

El periodista Leontxo García, quien trató a Fischer en varias ocasiones, pone el foco en otro ángulo: «Sólo el miedo patológico a perder de Fischer puede explicar con lógica que renunciase a ganar dos millones de dólares si perdía, y tres si ganaba. Me consta que Fischer era muy tenaz con sus principios y cumplía siempre su palabra, pero en este caso los supuestos principios a los que se aferró eran injusticias flagrantes para Kárpov, y él lo sabía, pero necesitaba una excusa para explicar lo inexplicable». El 3 de abril de 1975 la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) desposeyó a Fischer del título de campeón del mundo y nombró sucesor oficial a Anatoli Kárpov.

Undécimo campeón del mundo en la historia del ajedrez. Héroe entre los héroes. Semidiós y diablo

Quinteros señala al presidente de la FIDE, el holandés Max Euwe, como el culpable de este destronamiento: «Euwe politizó el asunto. Tenía que haber reunido a Fischer y a Kárpov, encerrarlos en una habitación de hotel y no dejarles salir hasta que llegasen a un acuerdo. Pero, en lugar de eso, llevó a votación de la FIDE la propuesta de Fischer, sabiendo que los soviéticos manejaban el proceso. Euwe mató a Fischer. ¿Puedes imaginar que la FIFA, hoy, mata a Messi o a Ronaldo?».

Fischer desapareció. Fueron los años errantes, «los años en la jungla», como escribió su biógrafo Frank Brady. Por un tiempo, se sumergió (aún más) en la secta de la Iglesia Universal de Dios, con sede en Pasadena, a la que donó alrededor de 80.000 dólares. Por otro lado, se convirtió en un gran lector. Sintió admiración por Orwell y sus impactantes novelas distópicas 'Rebelión en la granja' y '1984'. También leyó a Nietzsche. Y libros y panfletos antisemitas. Fischer, de ascendencia judía, terminó odiando a los judíos. Leontxo da fe de ello: «Pude comprobar que era un genio, en cuanto a un nivel sideral de inteligencia. Pero también que era un enfermo mental, con una serie de obsesiones y complejos persecutorios. Por ejemplo, sus análisis de política internacional eran muy brillantes... hasta que introducía el elemento de los judíos, a quienes culpaba de todos los males».

En 1992, veinte años después de Reikiavik, el banquero serbio Jezdimir Vasiljevic, condenado años más tarde por estafa piramidal, organizó un duelo de revancha entre Fischer y Spassky. En esos momentos, la ONU imponía duras sanciones contra Yugoslavia. Por su parte, los Estados Unidos prohibía la entrada de cualquier ciudadano estadounidense en Serbia y Montenegro. Pero Fischer violó aquel embargo y viajó a Belgrado. En medio de una concurrida rueda de prensa, y a los ojos del mundo entero, Bobby escupió sobre una carta del Departamento de Estado. Ganó el duelo contra Spassky, de nuevo, pero perdió definitivamente su capa de superhéroe americano. El presidente George Bush (padre) firmó una orden internacional de busca y captura.

La cosa empeoró cuando en 2001, el día de los atentados del 11-S contra el Pentágono y las Torres Gemelas, Fischer gritó en una radio filipina: «¡Muerte a los Estados Unidos! Ya era hora de que le dieran una buena patada. Esto demuestra que el que la hace, la paga». Quinteros trata de justificarlo: «En esa época, Bobby no estaba en sus cabales». En julio de 2004, Fisher es detenido en el aeropuerto de Narita, en Tokio (Japón). Estuvo ocho meses encarcelado en un centro de inmigrantes de máxima seguridad. Spassky le envió una carta a George Bush (hijo), pidiendo clemencia: «Bobby y yo cometimos el mismo crimen. Aplique sanciones también contra mí. Arrésteme. Y póngame en la misma celda que a Fischer. Eso sí, haznos llegar también… un tablero de ajedrez».

En 2005, Fischer recibió asilo político de Islandia, donde murió a los 64 años, una edad realmente simbólica para alguien que amó tanto el ajedrez. Tanto, que se dejó la vida en ello.

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