ARTURITO, EL NIÑO PRODIGIO DEL AJEDREZ QUE ACABÓ SIENDO CARTERO

Arturito Pomar podría compararse con otros niños prodigio de su época como Marisol o Joselito. Lo único que los diferenciaba es que ellos cantaban y Arturito era un genio del ajedrez. Desde los tres años, el joven talento español suplicaba a sus padres que lo enseñaran a jugar a este deporte donde la estrategia y la serenidad mandan. Arturito llegó a ser Gran Maestro Internacional con tan solo 30 años, pero su colosal ascenso entre los mejores ajedrecistas del mundo, dejó otro juguete roto que no logró levantar cabeza cuando todos se olvidaron de él.

Ya con 12 años, el joven aprendiz de ajedrez se consagró como la gran esperanza española de este deporte. En Gijón, mientras jugaba con negras, firmó unas tablas con el actual campeón del Mundo, Alexander Alekhine. Esto le sirvió para conseguir una beca de la Delegación Nacional de Deportes, en manos de La Falange, y se trasladó a vivir de Palma a Madrid.

El pequeño de 15 años se había convertido en uno de los niños que ensalzaban la alegría del régimen y fue recibido como una estrella por Francisco Franco. Fue el 11 de diciembre del 46. Se convirtió en la mejor promoción para el régimen de Franco, junto a Marisol y Joselito. Los tres, niños prodigio que pronto fueron juguetes rotos y olvidados, ocupaban muchos minutos del No-Do, mostrando la destreza de Arturito con partidas múltiples, y viajes por todo el mundo. Se referían a él como «el mejor embajador de España».

Pero Arturito Pomar se convirtió en Arturo, y creció, el régimen comenzó a darle la espalda. Una intensa gira que duró casi tres años por Latinoamérica acabó por enterrar los propósitos de Arturito de convertirse en el mejor jugadora de ajedrez de la historia. Cuando regreso de su último viaje, ya nadie se acordaba de él, así que tuvo que buscarse la vida de otra forma y aparcar su pasión y talento para el ajedrez

A pesar de todo, a Arturito le faltaba por vivir otro gran momento de gloria en el mundo ajedrecista. Comenzó a trabajar como funcionario de Correos, se sacaba algún dinero para poder viajar a campeonatos, a los que llegaba con lo puesto.

No tenía entrenador, iba solo, el resto de participantes llegaban con un buen staff de preparación, pero Arturito tenía algo que no todos tenían: talento innato para este deporte. Sin ir más lejos, de pequeño lo llevaron al psicólogo por si tenía algún problema, y el médico apuntó que era más listo que la media, un superdotado.

A pesar de ir en condiciones inferiores a las de sus rivales, Arturo Pomar llegó a Estocolmo en 1962 y se enfrentó a Bobby Fischer, el gran ajedrecista del momento y futuro campeón del mundo, en una partida que acabó en tablas. La historia había cambiado mucho para Pomar: Fischer un genio emergente con un país detrás y Pomar un hombre ya adulto, de 31 años, calvo, y más solo que la una. 

Pero consiguió tablas. Unas tablas que a Fischer, arrogante durante toda su carrera como ajedrecista, no recibió muy bien. «¡Pobre cartero español, con lo bien que juegas, tendrás que volver a poner sellos cuando acabe el torneo!» apuntó Fischer al acabar la partida.

Durante años, a pesar de no contar con apoyos de ningún tipo, Arturito se mantuvo entre los 40 mejores jugadores del mundo y llegó a disputar unas cuantas Olimpiadas de ajedrez hasta los años 80.

Dejó partidas memorables, pero la figura de Arturo Pomar se fue diluyendo con el tiempo hasta que en 2016 murió y solo dejó el recuerdo de aquél niño que un día estuvo en la élite del ajedrez y que pudo haber sido uno de los mejores de la historia.

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