EL AZTECA QUE SE TRANSFORMÓ EN ESTRELLA FUGAZ

1908. Península de Yucatán. Egidio Torre, un hombre comprometido y culto, funda el primer club de ajedrez del estado yucateco junto a su buen amigo José María Pino Suárez. Poco tiempo después, Pino Suárez se convierte nada menos que en vicepresidente de México. El país vive entonces bajo una constante celada y, en febrero de 1913, durante la conocida Decena Trágica, Pino Suárez es arrestado junto al presidente Francisco Madero. El embajador de Cuba en México, Manuel Márquez Sterling, buen jugador de ajedrez, intercede a favor de ambos y propone llevarlos a Cuba a través del puerto de Veracruz. Pero Cárdenas, un peón armado a las órdenes del golpista Victoriano Huerta, trunca los planes de Sterling y acaba con la vida de Madero y Pino Suárez, acribillados.

El hombre culto, Egidio Torre, teme correr la misma suerte y huye con su familia a Nueva Orleans. Con él viaja su hijo Carlos, de 11 años, un chico que pronto protagonizará uno de los capítulos más enigmáticos y fabulosos de la historia del ajedrez. El relato de Carlos Torre Repetto es un poema breve, un destello fulgente y fugaz, pero a la vez imborrable. Siempre he pensado que Carlos Torre es al ajedrez lo que Rimbaud a la poesía.

El joven Torre llegó a Nueva Orleans, cuna de Paul Morphy, y en pocas semanas dominó el idioma. El escritor Gabriel Velasco, en su libro 'Vida y partidas de Carlos Torre', cuenta que el muchacho leyó dos libros (en inglés) del jugador James Mason y que «frecuentó los círculos ajedrecísticos» de la ciudad. Edwin Ziegler Adams, vicepresidente del club de ajedrez de Nueva Orleans, se dio cuenta enseguida del talento sobrenatural de aquel «jovencito pequeño de piel oscura». Adams se convirtió en su protector y todas las fuentes señalan que lo acogió como a un hijo. El joven Torre no tenía rival en el tablero. Para ayudar a sus padres, empezó a trabajar como cajero en una de las zapaterías de la caudalosa familia Pokorny, en Saint Charles Street. Pasaba las noches enteras en casa de Adams, con quien estudiaba aperturas y los secretos del juego. La prensa publicó algunas notas sobre su genialidad y habló de un nuevo Morphy, pero Carlos siempre huyó de los elogios: «No soy un genio, al contrario, mi cerebro trabaja más despacio que un cerebro ordinario».

En 1920, Carlos Torre (negras) y Edwin Adams (blancas) protagonizaron una de las partidas más célebres de la historia del ajedrez. El juego lo publicó el propio Torre, cinco años más tarde, en las páginas de 'American Chess Bulletin', de Hermann Helms. Todo buen aficionado debería conocer esta obra de arte. El lector bisoño, si es el caso, debería pedir que alguien le explique la portentosa maravilla que sucede en el tablero. Les diré que, en esta ocasión, fue Adams quien se llevó la gloria y retrató a su discípulo, nuestro protagonista. Y lo hace gracias a una secuencia espectacular en la que ofrece su dama blanca hasta seis veces y de distintas formas. Lo asombroso es que Carlos Torre no puede capturarla en ninguno de los supuestos, pues cada uno de estos sacrificios encierra un mismo golpe letal, un jaque mate en la casilla 'e8'. Es extraordinario. Nunca antes una dama había danzado de ese modo en el tablero. Como la Salomé de Richard Strauss, la dama logra su cabeza cortada en la bandeja, en este caso la del rey. Ahora bien, es más que probable que la partida no se jugara tal y como hoy la conocemos. Todo apunta a que se trata de un análisis 'post mortem' del propio Carlos Torre. Cuando le preguntaron directamente por esta cuestión, por la verdad de los hechos, Torre no despejó las dudas: «Solo sé que fue un juego hermoso».

Carlos Torre (negras) y Edwin Adams (blancas) protagonizaron en 1920 una de las partidas más célebres del ajedrez

En 1923 Carlos Torre se proclamó campeón del estado de Luisiana y, pocos meses después, se trasladó a Nueva York, por recomendación de Adams. Pronto se hizo socio del mítico Marshall Chess Club. Los viernes por la tarde Torre participaba en los torneos relámpago del club, modalidad en la que cada jugador dispone de un tiempo máximo de 10 minutos. Se mostraba intratable: humo, enroque y jaque mate. Porque él fumaba como jugaba, con ese aire de intelectual, de indio yucateco. A finales de 1924, el ajedrecista David Janowski, un tipo refinado que años atrás había retado al campeón del mundo Emanuel Lasker, pasó por Nueva York. Y Carlos Torre, con negras, le hizo morder el polvo. Las gestas del pequeño rey azteca eran seguidas muy de cerca por Frank Marshall, fundador del club que llevaba su nombre y campeón de los Estados Unidos. Mientras tanto, en Europa, Siegbert Tarrasch, otra leyenda del noble juego, planificaba la celebración de un fuerte torneo internacional en la ciudad alemana de Baden Baden. Tarrasch invitó a Marshall y, tras una serie de circunstancias, hizo lo propio con Carlos Torre. En marzo de 1925, Marshall y Torre zarparon desde Nueva York a bordo del vapor 'S.S. Antonia'. Velocidad máxima: 15 nudos. Ambos aprovecharon la travesía para darse cita ante el tablero. Y, como suele ocurrir en estos casos, casi por inercia, se hicieron grandes amigos.

En la primera ronda del torneo de Baden Baden, Carlos Torre se enfrentó nada menos que al francés (nacionalizado) Alexander Alekhine, quien poco tiempo después iba a ocupar el asiento de gradas y dosel del campeón mundial Capablanca. Tras solo catorce jugadas y con una posición favorable, Torre, quizás algo intimidado, ofreció tablas. Alekhine, por supuesto, aceptó de inmediato. En palabras de Tarrasch, el mexicano fue «la sensación del certamen». Logró una meritoria clasificación (10º) y, a pesar de ser el jugador más joven de los veintiún participantes, Carlos desplegó en sus partidas un «estilo lleno de color y rico en ideas». Alekhine, inmaculado, se alzó con el triunfo.

Seis días más tarde, Torre y Marshall –qué preciosa pareja de alfiles– participaron en un segundo torneo, esta vez en Marienbad, al oeste de Praga. El balneario de la ciudad checa era bien conocido por la intelectualidad europea. Alfred Nobel, Kafka y Sigmud Freud, entre otros ilustres, habían buscado descanso, retiro o salud en sus aguas termales. También el austríaco Stefan Zweig, autor de 'Novela de ajedrez', obra mayúscula. Es una pena que Zweig no coincidiera con Carlos Torre; hubiera disfrutado de su excelente actuación (4º) y «de la más bella partida de Marienbad», según el gran maestro Richard Reti, en referencia al duelo de Carlos Torre contra Ernst Grünfeld. Otra figura enorme de la historia del ajedrez, el polaco Savielly Tartakower, tiró de humor para hablar del talento del joven yucateco: «Nos aventaja porque juega con tres torres».

Tras su retirada jugó alguna partida con rivales muy inferiores, pero solía ofrecer tablas para que pudieran presumir

Tras Marienbad, Torre volvió a casa y se dedicó a dar simultáneas por distintas ciudades de Estados Unidos, hasta que, en noviembre de 1925, fue invitado a Moscú para que participase en el torneo más importante jamás celebrado hasta la fecha. Su inseparable amigo Frank Marshall tampoco faltó a la cita. Torre cumplió 21 años durante el transcurso del torneo, hizo tablas con el campeón del mundo Capablanca y venció al excampeón Lasker. En este último duelo, Carlos emuló a Moctezuma porque, en un sentido figurado, invocó a los dioses del juego y sacrificó su dama ante ellos. Lasker aceptó la ofrenda y, acto seguido, el jovencito obró la magia: con la lucidez que le otorgaba su penacho imaginario, ejecutó sobre el tablero una insólita maniobra de torre y alfil que hoy conocemos como «el molino». El mundo del ajedrez aplaudió con fuerza su desparpajo creativo y, a pesar de ello, Torre siempre le restó importancia a su gesta: «Gané por suerte, no por mérito. Lasker recibió un telegrama en el que le notificaban la publicación de su último libro. Y fue tanta su felicidad que jugó mal». Por su lado, el propio Lasker avisó: «Estos primeros pasos del joven Torre son, sin duda, los primeros pasos de un futuro campeón mundial».

Carlos Torre fue recibido en el Marshall Chess Club como un auténtico héroe. En el magnífico documental 'Torre X Torre', de los mexicanos Juan Luis Obregón y Roberto Garza (film que está disponible en varias plataformas, no dejen de disfrutarlo), el maestro internacional Raúl Ocampo explica que el pintor Diego Rivera convenció a Torre para que regresara a su país. Así hizo Torre, el hijo pródigo, después de tantos años. A los pocos meses jugó un nuevo torneo en Estados Unidos, esta vez en Chicago (1926). Maldito viaje. Se ha escrito mucho sobre la profunda crisis nerviosa que padeció Carlos Torre a raíz de su actuación en esta última competencia. Indago, busco y reviso en innumerables fuentes y archivos. Al parecer, su derrota ante Edward Lasker fue el detonante. Acabo charlando distendidamente con Obregón y Garza -dos tipos extraordinarios- sobre la suerte y tragedia de Torre. Y ambos me confirman el infausto brote psicótico que Carlos sufrió. La historia vendría a ser la que sigue: después de la decepción de Chicago (3º), Torre tomó unas copas con unos amigos yucatecos en Nueva York. No se sabe cómo ni por qué, se desprendió de toda la ropa en un autobús y, desnudo, se dirigió hacia el zoológico «para ver a los monos». Fue arrestado, internado en un manicomio y, finalmente, deportado. Carlos solo recordaba las copas y los amigos. Confundido, trató de poner las cosas en orden. ¿Qué hago aquí?, se preguntaría una y mil veces. Lo imagino fumando, la mirada empañada, lanzando volutas desde el púlpito del barco que lo trajo de vuelta a su tierra querida.

Ya en México, con sólo 21 años, Carlos Torre abandonó el ajedrez. De vez en cuando jugó alguna partida con rivales muy inferiores, pero solía ofrecer tablas para que pudieran presumir de haberle sacado medio punto a toda una leyenda como él. Murió con 73 años en una residencia de ancianos de Yucatán, rodeado de libros, jardines y flores.

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