KASPAROV: CONFESIONES DE UN MAL PERDEDOR

Hay algo humillante en el hecho de competir contra alguien o algo que no es de tu especie. En sus horas más bajas, Jesse Owens participó en carreras contra caballos, perros y hasta coches para poder comer. El caso de Garry Kasparov fue distinto. Representó con orgullo al homo sapiens como último ejemplar capaz de resistir el auge de la inteligencia artificial. Ganó varios duelos, pero el público solo recuerda el que perdió ante Deep Blue en 1997, una derrota inmerecida y dramática para la que no estaba preparado.

En sus memorias, Andre Agassi se pregunta por qué duele tanto perder, «cómo es que algo puede doler tanto». Kasparov no quita hierro, más bien al contrario: «Odio perder malas partidas y odio perder buenas partidas, con jugadores débiles y con campeones del mundo». Pero en lugar de compadecerse, aprovecha esa energía negativa para algo bueno: «Independientemente de lo que amemos el juego -y Agassi no ama el tenis como él el ajedrez, según confiesa el tenista en su fantástica autobiografía-, tenemos que odiar perder si queremos permanecer en lo más alto». En otro momento remacha: «Creo que aceptar los fracasos demasiado fácilmente es incompatible con el hecho de ser un gran campeón».

Ser derrotado por IBM fue un trauma para el ruso, que pasó a la historia como el primer campeón del mundo en inclinar su rey ante un oponente no humano. Por supuesto, el Ogro de Bakú reaccionó mal. Garry insinuó que le habían hecho trampas, que el hombre («la mano de Dios», llegó a decir en recuerdo a Maradona) intervino en algún momento. «No fui cortés con los ganadores, les debo una disculpa», admite en Deep thinking, un libro en el que el gran maestro recuerda con una humildad desconocida lo ocurrido en Nueva York. «No estuve a la altura en la sexta partida y tampoco en la rueda de prensa».

Entre dos aguas

Por supuesto, Kasparov no se rinde de manera incondicional. También detesta esta derrota y algunas de sus disculpas son envenenadas, género de moda. Reconoce que, después de dos décadas de reflexiones, quizá el equipo de IBM (organizador y participante a la vez) no hizo trampas. Como mínimo, no las que él sospechó en su día, que los grandes maestros humanos habían «soplado» alguna jugada a la máquina. Pero su «aceptación» está saturada de matices. Sigue pensando que el gigante azul no fue un ejemplo de deportividad y que sobrepasaron ciertos límites en su necesidad imperiosa de ganar. A saber: le ocultaron información, provocaron algún reinicio de Deep Blue, cual deportista fingiendo una lesión, y fueron descorteses durante todo el segundo duelo. Peor aún es que recurrieron al espionaje y contrataron vigilantes que hablaban ruso para saber lo que comentaba con su equipo. «A IBM no le interesaba mi respeto ni mi colaboración; querían mi cabellera», acusa. Con cierto rencor, cita incluso el caso Enron como prueba de que las grandes corporaciones pueden ser culpables de los peores delitos.

«No fui cortés con los ganadores, les debo una disculpa», admite el gran maestro

El momento culminante de este thriller, en el que participa el «fuerte gran maestro español Miguel Illescas», llega en la decisiva partida final. Mejor que el lector lo descubra por sí mismo. En todo caso, el engaño más fuerte que sufrió es retorcido y sutil. «Tal vez no tenían nada que esconder, pero se dieron cuenta de que podían hacer daño levantando mis sospechas». El ruso tampoco perdona a la compañía informática que no le concediera un tercer duelo para el desempate definitivo, ni que desmantelara la máquina nada más cumplir su misión. Como Fischer, resume, Deep Blue se retiró y se convirtió en un mito.

Antes, en sus casi 300 páginas, el viejo campeón aporta mucho más, empezando por un brillante repaso a los logros históricos de la inteligencia en los tableros, cuestión en la que es un erudito. (Se supone que su mano derecha, Mig Greengard, enriquece el estilo). En su relato, Kasparov llega hasta la irrupción de Deep Mind y AlphaGo, la primera máquina capaz de ganar al campeón del mundo de go, un juego aún más complejo que el ajedrez. Por unos pocos meses, no pudo incluir también las hazañas de AlphaZero, que ha revolucionado el ajedrez por ordenador, aunque K tiene la habilidad de proponer que las máquinas «aprendan de sí mismas, no de los humanos». Satisfecho de ver su predicción cumplida, K ha declarado después que AlphaZero «puede cambiar el mundo». En el libro es más prudente sobre las posibilidades de trasladar los éxitos de los programas de ajedrez a otros campos del conocimiento.

Errores de la IA

Pero lo más apasionante del libro son las reposadas reflexiones de K, antes, durante y después de cada partida. El poso del tiempo ha añadido varias capas, algunas filosóficas, sobre el duelo hombre-máquina y sobre los caminos no siempre acertados que ha seguido la inteligencia artificial. En su opinión, algunos éxitos fueron contraproducentes. Cuando se vio que la «fuerza bruta» era suficiente para adelantar a los humanos, se abandonó la verdadera investigación y se crearon meras calculadoras, cada vez más rápidas y potentes.

Pese a todo, el gran maestro destila un optimismo contagioso sobre la ciencia e insiste en que debemos «celebrar y no temer los avances», incluso cuando la IA amenaza nuestros puestos de trabajo. Pone como ejemplo el de los ascensoristas, aparentemente imprescindibles hasta la mitad del siglo XX. Como le contó un directivo de uno de los principales fabricantes, en realidad la tecnología para instalar ascensores autónomos existía desde 1900, pero a la gente le daba miedo montar en ellos sin un operario. Fue necesaria una huelga para que el oficio firmara su sentencia de muerte.

Deep thinking. Donde termina la inteligencia artificial y comienza la creatividad humana. Garry Kasparov. Teell, 2018. 300 páginas. 21,50 euros.

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